Mostrando entradas con la etiqueta narración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narración. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de enero de 2017

"Hay un lugar vacío en nuestra mesa"

Amigos, hoy 19 de enero, ocho años atrás nuestro hijo partió al cielo y como acostumbro a hacerlo le escribo un texto, no sé hasta cuando lo voy a hacer. El texto de este año lo titulé: "Hay un lugar vacío en nuestra mesa"

Hay un lugar vacío en nuestra mesa


                 Juan E. Barrera
Nuestra mesa comenzó en año 1993 con dos puestos, el de tu madre y el mío. Era una mesa de mimbre, pobre pero llena de ilusiones y felicidad. Al poco tiempo otro puesto vino a ocupar nuestra mesa, el de tu hermano, yo estudiaba y él dormía sobre la mesa en su cuna nido. Finalmente, en noviembre de 1999 nuestra mesa se completó con tu llegada. Se llenó de comida salpicada, de cucharazos sobre los individuales. Tu puesto, al lado de tu madre se llenó también de mimos, de risa y de un apetito voraz.
Desde ese tu puesto contabas el número de sándwiches , dividías los trozos de comida en cuatro y desde tu puesto, con un ojo comías de tu plato y con el otro vigilabas lo que todavía quedaba en el centro de la mesa. Tu hermano se enojaba, nosotros nos reíamos y te controlábamos. De tu puesto salían las bromas, las risas, las conversaciones interminables, los comentarios a tu hermano y algunas peleas. Hoy 19 de enero hace 8 años que tu puesto está vacío y no hemos conseguido llenarlo. Te fuiste sorpresivamente a comer a otra mesa, a llenar con tu risa la mesa eterna allá en el cielo, junto con tu primo y tus abuelos.
No fue lo que imaginamos o soñamos para ti con tu madre, teníamos otros planes, pero Dios decidió alterarlos. Te imaginamos alto y fuerte, cantando, jugando, tocando el piano y estudiando. Hoy tu puesto vacío en la mesa nos recuerda cada día, de manera silenciosa tu ausencia y que no todos los sueños se cumplen y que no todo lo que imaginamos se realiza y que difícil es, Joaquín aceptar esa verdad simple, que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran. Estuviste con nosotros nueve años y fueron muy pocos. Fueron pocos los besos y los abrazos, nos faltaron aventuras que vivir, que locura, ha escrito alguien, es anhelar lo que nunca ocurrió, ellos no te conocieron y no pueden imaginar esa contradicción, pero extrañamos el tiempo que no hemos estado juntos. El tiempo, además lentamente va borrando algunas cosas, algunos recuerdos y yo no sé hasta cuando te escribiré una carta cada 19 de enero contándote que tu puesto en la mesa está vacío y que pocas veces alguien lo ocupa. Tal vez deba dejar de escribirte.
Tú puesto vacío es la metáfora de la ausencia, de la contradicción entre estar y no estar y tu ausencia no hace más que develar mis contradicciones ¿Si me gustaría que volvieras y te sentarás allí frente mío? Sí, lo anhelo profundamente y unos minutos contigo borraría todos estos años de vacío. ¡El cielo podría esperar! Un abrazo tuyo se llevaría todo el cansancio y tantas interrogantes y nos devolvería la sensación de plenitud que perdimos cuanto te fuiste. Un almuerzo contigo nos traería de vuelta esa sensación especial que poco a poco lentamente se nos va perdiendo.
Tú puesto vacío es también el símbolo de la esperanza. Aquí en esta tierra ya no nos sentaremos nunca más los cuatro. Ya no habrá algarabía por la comida preparada por la mamá ni gritos al ver el postre preferido. Te has ido y hay un espacio que no podemos ni deseamos ocupar, pero vendrá el día, Joaquín, cuando nos sentaremos otra vez y ya no habrá puestos vacíos. Será en un lugar hermoso, más allá de nuestro sol, cuando el tiempo y el espacio desaparezcan y solo exista aquella sensación espiritual que llamamos felicidad. ¿Nos extrañas tanto como nosotros a ti?

Coloca la mesa, Joaquín para que cenemos. Allá no hay un puesto vacío ¿verdad? ¡Hay tres!

viernes, 23 de septiembre de 2016

El retrato para mi madre

 El retrato para mi madre
Juan E. Barrera
Transcurrían los años setenta y yo debería haber tenido unos siete u ocho años y el profesor, en la escuela decidió que el regalo para el día de la madre de ese año sería una foto de cada uno de nosotros en un marco confeccionado por nosotros mismos. Esa sería un trabajo con nota de Técnico Manual.
El marco de la foto tenía que ser construido con palitos de fósforo. Era un rectángulo de cartón piedra en forma vertical con nuestra foto al centro y con un recuadro alrededor formado por palitos de fósforos. Yo no tenía fotos mía, excepto una foto de estudio de cuando era bebé lo que despertó las risas y las burlas de mis compañeros apenas la vieron.
Una vez a la semana un montón de chiquillos sacaba una bolsa plástica llena de materiales: tijeras, pegamento, regla, cartón, recortes, fotos y ¡un millón de palitos de fósforos! Los más atrevidos, a escondidas del profesor encendían algunos fósforos y simulaban fumar, otros estornudaban o tosían disparando los palitos por el piso de la sala, otros a propósito movían el banco y botaban los palitos al suelo. La algarabía comenzaba por noventa minutos que a nosotros llenos de alegría y energía nos parecían nada. Algunos movían la cajita cerca del oído recreando un ritmo de moda y la alegría era completa. Con paciencia íbamos pegando un palito al lado del otro en el borde del cartón, todos con la cabeza hacia arriba. Algunos bordes eran rojos pero la mayoría eran negros, ¿Serían Copihue o Los Andes? algunos pegados chuecos, al revés, pegoteados, pero todos hechos con mucho cariño y dedicación para la mamá ¡Qué tiempo ese! Nuestras preocupaciones eran ¡jugar a la pelota, jugar a la pelota y jugar a la pelota!
Pasaron las semanas y los retratos quedaron terminados, ¡Qué emoción! Entonces cada alumno sacó su papel de regalo y una cinta de color. Hicimos un sobre y cada uno colocó en su interior el tesoro ¡El porta retrato con la foto al centro!...

No recuerdo la fiesta de la entrega de los regalos ni la cara de mi mamá cuando recibió su regalo. Si recuerdo lo que pasó después. El portarretrato con mi foto de bebé al centro fue a ocupar un lugar de privilegio en el “aparador” del living de la casa. Un mueble negro y antiguo que siempre estuvo allí. En la parte superior tenía unos adornos con barritas y bolitas negras. Allí, en una de sus divisiones estaba el portarretrato, destacado, hermoso, orgulloso. Entonces, un día en plena crisis del gobierno de la Unidad Popular se produjo una escasez de fósforos. Mi madre, que era previsora, tenía guardadas varios paquetes de estos, que rápidamente se convirtieron en diamantes, pero como estos mismos, se hicieron escasos con el tiempo y llegó el momento en que en un apuro, alguien, secretamente sacó uno de los palitos para encender la cocina. Luego fue otro palito y luego otro y otro y otro…Un día miramos el portarretrato y de él solo quedaba la foto al centro y unos palitos quebrados, los que se resistieron a salir. Saqué una lección de mi portarretrato desnudo, la necesidad está por sobre la belleza o el cariño.

viernes, 9 de septiembre de 2016

La chicha con naranja

La chicha con naranja
                          Juan E. Barrera            

Eran otros tiempos y otra escuela, otros profesores y otros alumnos. Otra manera de vivir y de ver el mundo. Un mundo visto a través de los ojos de niño. Un mundo escolar lleno de buenos recuerdos y anécdotas. De bromas, de infantiles angustias, de travesuras y pequeños grandes dramas, ¡de tiempos inolvidables!
Estudié en una escuela pública cerca de mi casa, la Escuela 33, “la aviadores” “la de la plaza” hasta casi fines de los setentas y guardo en mi mente muchísimas imágenes de esa escuela aunque solo un par de veces volví a entrar en ella. La banda de guerra de la Fach tocando para el aniversario de la escuela, toda esa marcialidad y el sonido espléndido de los tambores y vientos retumbaba en todo el establecimiento cada año. El grupo folklórico y sus coloridos trajes, el oscuro escenario al final del corredor lugar de encuentro de los primeros amores, la cancha de baby futbol, las entradas furtivas al sector del kinder y otros recuerdos. No obstante guardo en mi memoria de manera especial una escena relacionada con mi profesor. No es de abuso, ni de “mala barra”, ni de discriminación, ni ninguna de las razones que hacen noticias hoy, es un recuerdo cariñoso. Tuvimos el mismo docente de primero a sexto básico y aunque era un hombre exigente y a veces severo, también tenía rasgos muy afectuosos. Él me llamaba por mis dos nombres Juan Enrique y otras veces me llamaba solo Enrique. Solo él ha hecho eso en toda mi vida, nadie más me ha llamado así, Enrique a secas. Cuando andaba chispeante me molestaba con un relato infidente que mi madre le hizo un día que tuve fiebre y me puse a delirar con unos monos que se subían a mi cama, cuando tenía 7 años. ¡el curso completo reía con la historia que me persiguió por años! ¿No te has puesto a llamar a Tarzán, Enrique?-decía y todo el curso reía a carcajadas. Yo me ponía rojo y reía apenas junto con ellos.
Un día, una tarde de un cuarto o quinto básico en la tercera sala de clases, a la izquierda, en el segundo piso, el profesor me llama -Enrique ven- me dijo. Me paré de mi asiento y me dirigí a su escritorio sin temor alguno. Entonces, en voz baja me pidió que saliéramos de la sala y una vez afuera, no sé de dónde sacó un cambucho de papel con una botella de vidrio transparente dentro y con voz misteriosa me dijo-Enrique, anda al frente, a la botillería de don Carlos y cómprame un litro de chicha y unas naranjitas. Yo asentí con la cabeza y puse atención a las instrucciones:
-Dile que vas de parte mía-prosiguió el profesor- mira bien para los dos lados antes de cruzar la calle. Yo hablé con el auxiliar para que te deje salir y entrar- Hablaba con cara de “guarda el secreto” y yo entendí de inmediato. Me hice cómplice y compinche suyo y me gustó. Disimuladamente bajé la escalera del segundo piso y le dije al auxiliar “el profesor Mario me mandó”, parece que esa era la contraseña porque sin preguntarme nada el hombre de cotona azul desteñida me abrió la puerta y yo salí.
La plaza donde se ubicaba la escuela me pareció distinta a esa hora de la tarde. Estaba vacía e iluminada, no recuerdo si hacía frío o calor. Rápidamente la atravesé, con mi encargo escondido entre la cotona beige. Llegué a la esquina, miré a ambos lados y crucé.
Supongo que el dueño de la botillería también sabía del tema pues no me preguntó nada y me vendió la chicha y las naranjas. No recuerdo como entré a la escuela ni que pasó después. Supongo que entré a la sala y seguí con mis tareas. Tampoco conté el hecho en mi casa. De alguna manera supe que era un secreto entre mi profe y yo.
Han pasado años de la anécdota. Yo también me convertí en profesor de Educación Básica y recuerdo esa anécdota con cariño, casi con nostalgia. Yo también tuve algunos amigos de nueve años: Mejías, Espinoza, Suárez, Valenzuela, Olguín y tantos otros. Con ellos redescubrí la risa, la fantasía, la alegría, la sencillez y el cariño sincero.

La chicha y las naranjas son una muestra de la relación y afecto que se puede generar entre profesor y alumno. Relación basada en la honestidad y en el respeto mutuo. Entre la formalidad y la cotidianeidad. No sé si esas situaciones se pueden dar o repetir en el día de hoy. Si yo mandaría a un alumno a comprarme un litro de chicha y unas naranjitas y si habrá un alumno que cuarenta años después recuerde ese evento con cariño.

jueves, 12 de mayo de 2016

Las pichangas de mi barrio

 Las pichangas de mi barrio

Juan E. Barrera

Si había algo gratificante, entre muchas otras cosas, en mi infancia, eso eran las pichangas al caer la tarde, después de la escuela. Como en un ritual mágico uno a uno de mis amigos peloteros igual que yo, llegaban a mi casa y con las mismas ganas mías, ¡jugar una pichanga! yo sacaba mi pelota de cascos, la que cada navidad por años me regaló mi tío Maco y se armaba el partido. Todavía puedo sentir el aroma de los cascos de cuero nuevos, recién pintados, negro con blanco, amarillo y café. La pelota nunca duraba hasta la próxima navidad, el canal que había en nuestra cuadra se llevaba rápidamente los balones y entonces  a la próxima navidad volvía a recibir una nueva pelota de futbol, así fue por años. No era difícil armar la pichanga, bastaban unas piedras por cada lado como arco, la calle sin pavimentar como cancha, la luz del poste eléctrico como iluminarias y la imaginación febril  y delirante de un puñado de chiquillos para convertir el frontis de mi casa en un verdadero estadio y cada pichanga en una final mundial. Ninguno tenía zapatillas buenas, de marca, ni caras, ni tampoco camisetas de los clubes o zapatos de futbol, eso lo veíamos solamente en las revistas, pero teníamos inocencia y energía, ¡energía inagotable! Bastaba la misma ropa de vestir y las zapatillas rotas de siempre para dar rienda suelta al talento futbolístico infantil, talento que solo era de calle, porque en la cancha del club no se notaba para nada. No había ninguno malo, todos éramos buenos. Buenos arqueros, buenos delanteros, buenos defensas. Allí al caer el sol con los árboles como árbitros o guardia líneas impávidos e insobornables y los gorriones como público que huía tras cada pelotazo, transpirábamos ganas y fantasía. Éramos grandes deportistas admirados y queridos por todos. Éramos Cassely, Chúmpitas, Teófilo Cubillos, el pollo Véliz, el chamaco Valdés, Carlos Reinoso, Elías Figueroa y tantos otros a quienes conocíamos a través de la poca televisión que veíamos o de las láminas de los álbumes, los “monitos”.
Cada gol era celebrado a todo pulmón, con los brazos en alto y corriendo frente a un público enardecido que solo gritaba y saltaba en nuestra imaginación. Todo valía, de pierna derecha, de pierna izquierda, de cabeza, de taco, desde el suelo, de palomita,…muchas veces la tierra no dejaba ver la pelota, pero era solo un detalle la fiesta duraba hasta entrada la noche.
La pichanga ha continuado, pero ahora en otros escenarios. El juego de la vida nos ha llevado por caminos diversos. Todavía me veo con algunos de esos talentosos jugadores, ya son hombres, han formado familia, tienen hijos, tienen recuerdos. Algunos me saludan, otros hacen el esfuerzo, muchos ya no están. A algunos la vida los ha lesionado para siempre y ha dejado marcas difíciles de superar. Otros se fueron del barrio para nunca volver. Los árboles ya no están, el canal ya no está, lo gorriones que avivaban nuestros partidos han volado lejos a otros cielos, mi tío Maco ya no está y el niño que fui tampoco está.

La pichanga que continúa ahora es la pichanga de la vida, donde no todos los partidos se ganan y donde las preocupaciones son más que hacer un gol y correr por la calle como un loco, un loco lindo. La pelota de cascos, blanquinegra tampoco está, se ha ido para no volver más, solo quedan mis recuerdos de la patota gritando a viva voz ¡gooooooooool!

domingo, 1 de mayo de 2016

El viaje a Cartagena

El viaje a Cartagena

Pocas veces mi padre nos sacó a veranear cuando éramos niños y una de ellas fue ¡a Cartagena! Cómo no, por supuesto al balneario popular del litoral central. Esa noche nos costó dormir con mi hermana pensando en como sería la playa. No recuerdo que cosas llévamos, sí recuerdo el momento en que nos subimos al tren en la Estación central. Mi papá pago cinco boletos, porque por muchísimos años fuimos cinco: mi papá, mi mamá, mi hermana, mi abuela paterna y yo.
No tengo recuerdos tampoco de ese viaje, solo cosas vagas, un niño que rompe los huevos duros sobre su propia cabeza, otros niños que juegan a las cartas y un chal a cuadros sobre unos asientos verdes y duros, nuestras cabezas asomadas por la ventanilla con el viento dándonos en la cara y nuestra alegría de niños que desbordaba todo.
Los recuerdos un poco más claros comienzan para mi una vez ya instalados en la playa, en una carpa con franjas de colores, ¿rojo y blanco? ¿Verde y blanco?, jugando a pleno sol, cerca de la avenida principal, y muchas otras carpas diseminadas en la arena. Gente escuchando música, comiendo, riéndose. Luego por la noche recuerdo el viento helado que se filtraba por la parte baja, una fogata, una canción de Los Golpes  "Olvidarte nunca" en una radio que sonaba cerca de mi, y yo acostado, sobre una frazada en la arena, cantando, con gorro, comiendo un pan y alrededor la oscuridad sobre la playa chica, el resto de mi familia no se donde estaba.
Por la mañana mi recuerdo infantil se remonta a un juego de pelota con mi papá en la arena, una de las pocas veces que lo vi reírse con ganas y con la panza que lo acompañó toda la vida. El sol como buen aliado reía también con nosotros de las piruletas que mi papá hacía en la arena.

Jugamos un buen rato hasta que mi papá salta cerca de la carpa y comienza a dar pequeños saltos en un solo pie alrededor de nosotros. La risotada fue general, sin embargo mi papá no reía y se tomaba un pie con cara de dolor. Como puede nos explica que apoyó el pie en la arena caliente donde alguien había puesto una tetera. Se acabaron el juego y las vacaciones. Al otro día temprano volvimos de urgencia con mi papá cojeando porque no podía caminar con su pie quemado.

viernes, 29 de abril de 2016

Los ladrones de galletas

Los ladrones de galletas
Juan E. Barrera

¡Ahora que no hay nadie! Aún tengo grabadas esas palabras en la memoria, y entramos a la sala de clases, la de la escuela 33, la de la plaza. Estaba vacía, en silencio, en el pizarrón todavía quedaban algunas palabras escritas por el profesor Mario. Las sillas y bancos de madera, desnudos de su ropaje infantil, bolsos, cotonas, frutas y papeles alzaron la cabeza cuando nos vieron entrar en actitud sospechosa, debíamos ser unos cuatro o cinco, pero guardaron silencio y ese silencio fue el cómplice perfecto para la fechoría que íbamos a realizar. Uno de los más “expertos” ya lo tenía planificado hacía días y el resto aceptamos la idea sin titubear.
-pero la puerta del estante está cerrada-dijo uno de los pequeños cacos, de cuarto o quinto año básico. –yo sé cómo abrirla-dijo el “experto” y ya preparado, sacó de su bolsillo un clavo de 2 o`3 pulgadas y con un objeto que no recuerdo cual, en un dos por tres sacó los “fierritos” de las bisagras de la puerta del estante café y abrió la puerta sin romper la aldaba. El estante no dijo nada ni dio muestras de dolor alguno, frente a tal dislocación. Miramos con cara de sorpresa y celebramos la ocurrencia del “experto”. Ahí estaba el viejo estante con una de sus puertas colgando como si hubiéramos amputado una de sus extremidades, sin embargo no decía nada a pesar de la profanación de que estaba siendo víctima y eso nos alentó más todavía.
Allí, frente a nuestros ojos de niños ávidos de aventuras ¡apareció el tesoro! No tuvimos que cruzar mares tempestuosos ni luchar con otros corsarios. No hubo planos confusos ni trampas mortales, o dobles fondos. No matamos a nadie sino que, sin mayor esfuerzo llegamos rápidamente a la preciada caja, al tesoro. Frente a nosotros estaba la caja de cartón con las palabras JUNAEB y dentro, en una bolsa de plástico transparente los preciados doblones de oro, con la misma inscripción Junaeb en cada uno de ellos. Doblones de cebada y harina ¡las galletas del curso! El estante dejaba ver entre sus vísceras otros productos, cartulinas de colores, cuadernos, libros, lápices de colores, tarjetas, pero eso no era de nuestro interés, solo buscábamos galletas.
Lentamente al principio, con avidez después uno a uno los pequeños ladrones fuimos metiendo nuestras manos pequeñas y saqueadoras en la caja y llenando los bolsillos de nuestros pantalones grises con las galletas hasta más no poder. ¡ Todavía recuerdo su forma y su aroma! Cual piratas reíamos a carcajadas por nuestro logro y nos hacíamos callar unos a otros.
La operación para poner la puerta del estante en su lugar no duró más de unos minutos y muy pronto este retomó su forma y su estado habitual, como negando la violación de la que acababa de ser víctima.
Esa tarde, en el patio, sentados en un rincón, escondidos y ansiosos comimos galletas hasta que no nos fue posible ingerir una más ¡Qué delicioso sabía el robo! En cada uno de nosotros, pequeños rateros había un aire de complicidad y extraño orgullo.
El estrés vino al día siguiente cuando el profesor abrió el estante para repartir las galletas al curso. Los que nos sentábamos cerca del estante agudizamos el oído y cabeza gacha hacíamos como que escribíamos. Canturreando una canción el profesor abrió el estante, y nuestros corazones latieron un poco más a prisa. El viejo estante podía delatarnos, pero no lo hizo, guardó silencio y se hizo cómplice. Por el rabillo del ojo vimos como el profesor tomaba la caja y al verla casi vacía exclamó –“chupalla, parece que mis hijos han atacado fuerte las galletas”-

Sus hijos, como nosotros eran unos pequeños ladrones de galletas.

lunes, 5 de enero de 2015

Mis primeras navidades

Mis primeras navidades
Juan E. Barrera

En la radio Giannini, con su ojo rojo-verde y sus cuatro botones de color café y cubierta de madera, de mi abuela, comenzaban a sonar las canciones “i wana wish you a merry chrismas”, “ven a mi casa esta navidad” y otras canciones alusivas y yo ya sabía, al igual que mi hermana, que la navidad se acercaba y un entusiasmo inmenso nos inundaba. Ya no íbamos a la escuela, había mucho sol, flores, todo el día para jugar y el ambiente era grato, con una alegría inexplicable. Llegaba, luego de una larga agonía, marcado por cierto en el calendario con un lápiz, día a día, por fin, el momento tan esperado por mi hermana y por mí, antes de llegar la navidad, nuestra madre, no sabemos de dónde, sacaba una caja de cartón, que era siempre la misma. Cartón forrado, ajado, de color blanco, rellena con una paja liviana y pelotitas de plumavit, con la tapa ya descuadrada y adentro ¡Los adornos del árbol de navidad! –Ya niños- decía mi madre, con la cara llena de risa y emoción, vamos a arreglar el arbolito-y apoyaba la caja sobre la mesa del living y nosotros con el corazón rebosante de gozo y curiosidad nos instalábamos alrededor metiendo las manos una y otra vez a la caja, sin parar y gritando sin parar.¡Verdaderas joyas de un gran tesoro para mi hermana y yo! Esferas pequeñas, medianas y otras muy grandes. De color rojo, verde, azul, amarillo, plateados o dorados, otros chiches ovalados, con forma de estrella o flores, ¡Qué alegría y emoción era tomar esos chiches en nuestras manos! Con mucho cuidado, como si hubieran sido diamantes finísimos, los limpiábamos con un paño de algodón y le sacábamos el polvo de un año completo guardados en esa caja. Qué tristeza sentíamos también al sacar alguno de estos chiches de la caja y ver que se había quebrado, nadie se atrevía a botarlo. Previo a ello ya habíamos hecho el primer rito inolvidable para mí: salir a la calle y en alguna esquina del barrio, comprar, de entre una fila de ramas de pinos naturales, apoyadas en la pared, una que nos gustara. Que no fuera ni grande ni pequeña. Que no fuera destartalada, no marchita, no desgajada. Tenía que ser perfecta. Nos turnábamos y nos peleábamos con mi hermana para cargar la rama de pino hasta la casa. Llegábamos con las manos llenas de resina, risas, aroma a pino silvestre y felicidad.
Al llegar a la casa la aventura seguía y consistía en encontrar un tarro para “plantar” el arbolito de pascua. Salíamos al patio corriendo hasta dar con uno. Habitualmente era un tarro de pintura viejo, que rellenábamos con piedras y tierra y forrado con papel de regalo, arrugado o doblado, encontrado en algún cajón olvidado de la casa, servía para nuestro cometido.
No recuerdo a mi papá participar de este precioso ceremonial de niño. Solo mi mamá y mi hermana Isabel, mi otra hermana todavía no nacía. Sobre la mesa del comedor, los tres armábamos una fiesta emocionante que no he olvidado hasta el día de hoy, treinta o cuarenta años después. El árbol en un rincón del living poco a poco iba cambiando de forma y color y también la casa y nuestro estado de ánimo. ¡Todo era alegría! ¡Aroma de Pino natural! ¡Pan de pascua! ¡La música en la radio! ¡Y las fantasías de los regalos que esperábamos! pelotas, muñecas, pistolas vaqueras, tazas de té, palitroques, un títere boxeador articulado, un oso de felpa, son algunos de los regalos que han quedado en mi mente y corazón.
A medida que las joyas de navidad salían de la caja de cartón, el arbolito perdía poco a poco su desnudez y lentamente comenzaba a vestirse con su traje más lindo, confeccionado artesanalmente por niños radiantes e inquietos: guirnaldas de colores, estrellas anunciadoras, luceros viajantes y viejitos pascueros de yeso o plástico, siempre muy abrigados y sonrientes. Luces que pestañaban y en la punta del árbol “la estrella de belén”, el adorno más grande y más bonito colocado en la punta del árbol. Todo ello realizado con manos de niños felices y sencillos, sinceros e inocentes. Cubríamos el árbol con copos de algodón blanco, escarchas de colores, y adornos fabricados con papel lustre de colores.
El árbol en gratitud llenaba la casa de su aroma. El pino natural era el aroma de la navidad y lo sigue siendo para mí hasta hoy. Cuando el árbol ya estaba arreglado, habitualmente recargado, comenzaba el último y más importante ritual. Armar el pesebre a los pies del árbol. Este pesebre solía tener un cajón de paja al centro con la figurilla de yeso que representaba a Jesús y a su alrededor muchos animales. Le preguntábamos muchas veces a nuestra madre por qué Jesús tuvo que nacer en un establo de animales. Su respuesta era siempre la misma, cuando ellos llegaron a Belén ya no había sitio donde dormir y tuvieron que pasar la noche en ese establo. Que sencilla explicación para uno de los maravillosos e inexplicables misterios. El Hijo de Dios, el dueño del universo naciendo entre animales. Luego del burrito, la vaca y algunos pajaritos, venían en orden, los pastores, los reyes magos y atrás, un poco más elevados los ángeles cantado. Han pasado los años y estos recuerdos todavía permanecen en mi, todavía me emociona saber, sin comprender que Jesús de Nazaret es el mismo Dios hecho hombre hace más de dos mil años atrás y lo adoro, con manos alzadas, ojos húmedos y corazón sobrecogido.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Mi perro Ringo

 Mi perro Ringo

Teníamos 7-8 años con mi hermana Isabel cuando al volver de la calle notamos que nos seguía un perro. Tratamos de ahuyentarlo, con un poco de miedo, pero el muy porfiado nos miraba con cara de perro herido y abandonado e insistió en caminar detrás de nosotros. Luego de varios intentos por corretearlo sin éxito, corrimos a contarle a nuestra madre que un perro nos había seguido hasta la casa y que estaba parado afuera, en la puerta de calle, sin ladrar, sin moverse, con la cola entre las piernas, con la cabeza rota y las costillas casi al aire.
Después de mucha insistencia nuestra madre accedió a ver al perro. La escena que vio debió conmoverla o llenarla de risa. El perro era un típico espécimen de raza “quiltro”, feo como él solo, de pelo rubio desteñido, con esas costillas que ya se le salían y apenas sostenido en unas patas flacas, de mirada triste y con una herida en la cabeza, al parecer por un golpe con un palo. El perro o lo que quedaba de él no se movía, ni ladraba, solo estaba allí parado, suplicante, mientras mi madre lo observaba. Mi mente y corazón de niño solo pedía que el perro se quedara. Luego de un largo rato del escrutinio materno, el perro ingresó a nuestra casa, para alegría nuestra. Lo primero que hicimos fue darle comida en un tiesto improvisado, tiesto que devoró una y otra vez sin misericordia perruna. No recuerdo nada más, solo sé que así fue como el Ringo, tampoco sé el origen del nombre, no conocíamos con mi hermana al baterista de los Beatles, pero así lo bautizamos, de ser un perro callejero y desconocido, feo, sucio y flaco pasó a ser el perro de la casa, con todos los derechos y privilegios y pasó a formar parte de la historia de nuestra infancia.
La herida de la cabeza fue sanando rápidamente, con povidona y cariño y de la flacura perruna poco quedó. De ser un perro vago pasó a ser el más querido por mi hermana y yo. Recuerdo que mi madre cada noche le daba comida en la que pasó a llamarse la olla del perro o la olla del Ringo. Con una manguera en verano, con mi hermana lo bañábamos y él muy divertido saltaba tratando de atrapar el agua con el hocico para deleite nuestro, lo despulgábamos, lo abrigábamos, lo abrazábamos y lo besuqueábamos. Él respondía ladrando alegremente y moviendo su horrible cola. Tampoco sé cómo pero apareció una mañana una casita blanca que pasó a ser la casita del Ringo, escrito con pintura blanca y letra manuscrita. Allí dormitaba bajo el sol de la mañana y se refugiaba del frío en el invierno, muchas veces compartimos la casa tirados en el suelo, muertos de la risa y felices.

Pasamos muchas aventuras con el Ringo, no había perro que le ganara en la pelea en el barrio, aunque prestos estábamos mi hermana y yo para defenderlo de cualquier ataque canino. De los buenos recuerdos de mi infancia mi perro, mi primer perro ocupa un lugar especial.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Tu perfume

¿Cómo olvidar lo inolvidable? ¿Cómo dejar de amar lo adorable? ¿Cómo mirar lo invisible a través de lo visible? ¿Cómo fortalecer la esperanza en el sinsentido? ¿Cómo reír sin llorar?
Una sola respuesta J-E-S-U-S ¡Feliz cumpleaños Joaquín!
Un nuevo texto en honor a mi gato cósmico                            

Tu perfume

Querido Joaquín, hoy 25 de noviembre cumplirías 15 años en esta tierra, con nosotros, sería un día de fiesta, sin embargo no es más que un día sereno y caluroso en Santiago, me duele solo pensar en ello. Hace 5 años que no estás con nosotros. Yo estoy más viejo y más achacoso, tu Lupita, tu madre, está más guapa que antes y el cochino Larry ya tiene 19 años y no ha crecido mucho y como nosotros te extraña todavía.
En la repisa de tu hermano está el frasco de tu perfume, ese que me “robaste” y del que te apropiaste. Lleva cinco años allí, cerrado, con el envase a medias, como tù lo dejaste, aunque cerrado es solo un decir, porque tu aroma está en toda la casa. Está en tus juguetes, en tus fotografías, en los garabatos y palotes que escribiste en las paredes, está en tus declaraciones de amor “Lupita y Joaquín” y en tu saludo de cumpleaños para mi “Querido papito que seas muy feliz”, que entre mis libros no dejo nunca de mirar. Ha sido difícil hijo construir la felicidad sin ti. Lo ha sido para mí, para tu madre y para tu hermano. Tú eras un ladrillo importante en esta construcción y ya no estás.
¿Ha muerto el futuro con tu partida? De alguna manera sí, porque definitivamente la vida no es la misma sin ti, no quiero calificarla, decir si es mejor o peor, pero es distinta. Son muchas las situaciones que no viviremos, muchos planes que quedaron truncados, sueños que fueron solo eso sueños. Nos quedaron tantas cosas por hacer y decir que nueve años con nosotros fueron muy pocos. Los ángeles gordos debieran quedarse más tiempo antes de extender sus alas y volar y volver de vez en cuando para alegrar el corazón de los que quedamos y lloramos.
He querido soñar contigo, que me miras de frente y que me abrazas y que me sonríes, pero no lo consigo, supongo que no quieres venir porque estás bien, sin embargo algo de ti quedo en esa botellita, la abro e inmediatamente lloro porque tu aroma lo inunda todo: tus carreras por la escalera, tu disfraz de drácula, el tiburón en la piscina, tu polera blanca de educación física, tu polerón verde con el bolsillo del gato mágico y tus peleas sabatinas con el tata, los gritos de los números del loto, tus carcajadas al ver televisión, la dulce María y los rebeldes, tus eternos dibujos multicolores y tus abrazos. Escápate del cielo y ven a darme un abrazo, déjame oler tu perfume en tu cuello otra vez y reír contigo como un niño. Vamos a la playa, a la casa de San Antonio, déjate caer rodando por las plantas otra vez, vamos a comer empolvados y huevos duros a San Sebastián, quedémonos otra vez en al agua hasta que el sol se ponga y las gaviotas revoloteen sobre nosotros. Vamos al bulevar a escuchar la banda de jazz. La de la cantante gorda y afinada y comer empanadas. Ríete otra vez y con esa sonrisa de conejo sáname y abrázame.
Tomemos la liebre verde y vieja y vámonos mirando los barcos a lo lejos, mientras los payasos hacen reír a la gente a bordo y un niño más pequeño que tú se chorrea el brazo con el helado. Vamos a tomar el trencito por la playa, ríete fuerte otra vez y pelea con tu hermano y dime te amo papito. Llega a la casa en el pequeño cerro y colócate tu perfume, ese que dejaste a medias hace cinco años.


sábado, 14 de diciembre de 2013

Los insectos y la primavera

Los insectos y la primavera
Juan E. Barrera
Sé que se acerca la primavera, y con ella una sensación de alegría, de libertad y renovación, porque sobre el techo de mi casa y en mi jardín comienzan a aparecer una serie de insectos. Bichos que cada año son bienvenidos porque forman parte de una antigua, nostálgica y bella tradición en mi barrio. El frío y la lluvia santiaguina han quedado atrás solo como un recuerdo tenue y brumoso y el ambiente en cambio se torna aromático, bullicioso, optimista. Tal vez estos insectos vuelan todo el año, pero es al inicio de la primavera donde sus vuelos se incrementan. Todos ellos tienen dos alas, la mayoría cortas, gruesas, firmes. Avanzan sobre el techo de mi casa en línea recta, a veces uno detrás del otro muy ordenados y disciplinados, como hormigas voladoras y laboriosas. Otros vuelan en grandes círculos y hay que mirarlos como se alejan hacia la cordillera. Son blancuzcos, plomizos, azulinos. Algunos tienen la nariz roja y una cola pequeña pero importante. De vez en cuando se dejan ver unos enormes que hacen un ruido sorprendente y de tanto en tanto una que otra libélula verde cruza mi jardín con su típico ruido que llama la atención de todos y deleita a todos. Vuelan tan bajo estas larvas, que dejan ver su panza sin pudor alguno. Vientres blancos, lisos, brillantes, ocupados. Hacen un ruido potente que muchas veces impide una conversación o ver la televisión, pero se extrañan cuando no están.
Por las noches se muestran coloridos, con luces pestañeantes, rápidas, pequeñas, como luciérnagas bulliciosas y roncas. Blancas, rojas, verdes y un ruido adormecido, casi monótono. Aparecen cuando la temperatura en Santiago de Chile es alta y por las noches estivales es posible ver las estrellas y dejar las ventanas abiertas, para que entre el viento, sin embargo ellos no entran.
Cada vez que aparecen, mi imaginación y mi memoria vuelan con ellos varias décadas atrás. Cuando mis mayores preocupaciones eran la pelota de futbol bajo la cama o la bicicleta estacionada junto el ropero alto y café, sin puertas, desordenado y con el espejo quebrado. Tantas veces, observándolos por ratos infinitos me quise montar en uno de ellos, y salir por la noche y observar Santiago desde el aire, y ver las luces encendidas y ver mi casa y ver a mi mamá, y ver a mi abuela. Esos insectos despertaban mi imaginación infantil y me producían cierta añoranza, deseos de volar, de despegar, de salir de mí.
Crecí con el ruido de estos insectos sobre mi cabeza. Crecí con el cuello hacia el cielo, y hacia el poniente, buscándolos con unos prismáticos de juguete. Identificándolos, disparándoles con pistolas de madera o escondiéndome de ellos, víctima de sus ataques imaginarios. Los observaba largo tiempo como giraban y se preparaban para aterrizar. Muchas veces los vi pasar muy cerca, encaramado en alguno de los árboles de mi patio y me hacían gritar feliz y eufórico.
Me fui lejos a otras latitudes. Otros jardines, otros barrios, otros soles, otras estrellas, otros atardeceres y otras primaveras sin insectos coloridos y ronroneros. Tal vez no volví a mirar al cielo en mucho tiempo, ni en mis noches se cruzó una luciérnaga ciega y parpadeante. Pero el tiempo pasó rápido, sin pedir permiso, impasible e implacable, sin perdonar. Volví a mi casa. Algunas cosas habían cambiado, no estaba mi abuela, ni mi perro, ni mi bici, ni mi pelota. Mi papá se notaba más triste y caminaba más lento y el cabello de mi madre había mudado de color, y mi hermana pequeña ya no era pequeña, sin embargo ¡ahí estaban los mismos insectos volando sobre mi cabeza! y recordándome un tiempo precioso que no volvería.

El tiempo ha seguido pasando, otras muchas cosas han cambiado, pero la base aérea El Bosque sigue ahí en Gran Avenida y mi barrio también.

martes, 1 de octubre de 2013

La bailarina

La bailarina
-Tu turno, mi amor-dijo una voz masculina que conocía y ella saltó al escenario como lo hacía desde que era una adolescente. El potente foco que daba sobre ella no le permitía ver bien al público, pero sabía de sobra quienes eran, a que habían venido y lo que deseaban. Esperó con una rodilla apoyada en el suelo y la cabeza inclinada, afirmándose el sombrero negro con la mano derecha, a que la música comenzara … You Can Leave Your Hat On… escuchó el estribillo de la canción y se puso de pie.
Como cada noche la reacción masculina fue la misma, una gran algarabía que gritaba y la codiciaba. Con su diminuto bikini dorado y sus largas piernas lucía maravillosa esa noche. Levantó la cabeza y comenzó a bailar llena de gracia y sensualidad. Las palabras del pastor del día domingo le retumbaban aún y vinieron a su mente como flechas. Había sido su amiga, la Rita quien la había invitado. Hacía tiempo que lo hacía y ese día no pudo rechazar más la invitación. Fue al templo pequeño y pobre, llena de temor, de vergüenza, de desconfianza, sin embargo las personas la habían recibido muy bien, claro-pensó, ellos no saben a qué me dedico. Seguía bailando al ritmo de la música y su cuerpo despampanante, desnudo, suave y terso volvía locos a los hombres que gritaban propuestas libidinosas y obscenidades y alzaban sus copas en honor a ella. Los pensamientos volvieron a su mente ¿Será verdad Dios qué tú todo lo perdonas? ¿Puedes tener amor por mí a pesar de lo que soy? "Venid los trabajados y cargados, yo los haré descansar", eran la palabras de Jesús que el pastor había repetido el día domingo. ¿Me conoces Jesús? yo estoy cansada, pensó mientras alzaba una pierna y se quitaba una de las medias blancas, bailaba frenética al ritmo de la música ¿Puede alguien como yo seguirte y amarte? ¿Conoces mi pasado? Yo soy tu amiga María Magdalena, Señor, hay muchos espíritus en mí, desde que era una niña. Se sacó la parte superior del traje y ante las miradas licenciosas de los borrachos volvió a preguntar ¿Una mujer como yo puede ser amada por ti, Señor? Sintió las lágrimas calientes en sus ojos y disimuló lo mejor que pudo la emoción para no estropear el maquillaje. La música continuaba … You Can Leave Your Hat On… y ella seguía moviéndose frenéticamente. –Voy a ti Jesús, voy a ti, si puedes limpiarme hazlo, me arrepiento, voy a ti. La canción estaba por terminar y con ambas manos se cubrió los pechos desnudos e hizo una reverencia. Todos los hombres aplaudían. Ella cerró los ojos y terminó la oración.-amén. Sintió que algo recorrió todo su cuerpo en fracción de segundos y se sintió pura, limpia, casta como nunca lo había sentido, amada y ¡la alegría la inundó!. Estaba llorando. Se enderezó y todos la vieron sonreír emocionada como nunca la habían visto y la aplaudieron largo rato pensando que se debía a su soberbia actuación de esa noche en que brilló como nunca. Salió del escenario como si flotara, como si hubiera sido otra persona. Esa fue la última noche que bailó.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

En una calle polvorienta de Capernaum




                                                               Juan E. Barrera
No podía creer lo que sus ojos estaban mirando. La pequeña mujer comenzó a llorar a gritos y a agitar los brazos de arriba abajo sin entender lo que había pasado. Su pañuelo de cabeza, rojo y arrugado estaba por el suelo y no le importaba mostrar su cabello ya cano. Salió corriendo hacia la calle, allí venía él, su hijo con su cama al hombro, ¡corriendo! Y detrás de él sus amigos que lo seguían sin poder darle alcance cayéndose y parándose, llorando locos de alegría y gritando sin parar. ¡fue Jeshua el profeta, fue Jeshua el profeta!
¡Mi hijo, mi niño! ¡mi Jacob! Repetía la mujer una y otra vez y se secaba las lágrimas con las palmas de las manos ya empapadas de lágrimas alegres e infinitas. Todos los vecinos salieron a la calle al oír los gritos y todos se quedaban pasmados con la escena. Algunos lloraban, otros reían, otros alababan a Adonai, levantando los brazos al cielo ¡Adonai nos ha visitado, se ha acordado de nosotros! Nadie quedó indiferente en ese pequeño y sucio puñado de casas. El joven Jacob, hijo único e indefenso de su madre, el paralítico del barrio estaba de pie, en medio de la pequeña calle polvorienta, rodeado de perros que ladraban en círculos y sin parar y él, con los brazos abiertos y elevados al cielo bendecía a Adonai.
Esa mañana de día martes, sus amigos de siempre habían venido temprano a buscarlo. La casa de barro se hacía pequeña para tanta algarabía de los jovenzuelos, sus amigos de infancia, los que siempre estaban con él, los que lo escuchaban, los que le leían, los que lo amaban. Con las sandalias llenas de polvo y sus túnicas totalmente arrugadas y sucias, como de costumbre, lo rodearon y entre todos atolondrándose le contaron de un nuevo profeta que vendría a la ciudad y que hacía milagros, por lo menos así decía la gente, así andaban contando todos. Él, solo movía los ojos en señal de respuesta y su cuerpo permanecía inmóvil. Tía Jael, no se preocupe, nosotros lo llevaremos y lo traeremos. Tengan cuidado con él respondió, ¿No va a pasar nada? Esperamos que algo ocurra dijo uno de los jóvenes de manera misteriosa, pero la señora de edad madura no entendió el comentario y tampoco se atrevió a preguntar. Se inclinó al lecho y besó a su hijo en la mejilla, -cuídate mucho-le dijo-sí mamá –respondió el joven con esa voz que solo los que le conocían de cerca podían entender.
Los vio alejarse de la casa con el bulto al hombro que era su hijo, llenos de risa y bromeando entre ellos.-estos chiquillos-se dijo para sí misma y se tragó una lágrima. El pequeño Jacob el próximo verano cumpliría veinte y un años. Veinte y un años de parálisis y sufrimiento. ¡Su padre ya había partido llorándolo y preocupado por él hasta el final! y ella pensaba que sería de él cuando ella ya no estuviera. Respiró hondo y se acercó al cajón de verduras. Sacó unas papas y con el cuchillo viejo y desgastado comenzó a preparar el almuerzo. Miró a la calle por la ventana pequeña y era un día soleado como muchos en Capernaum en esa época del año.
Ustedes, dijo el hombre de barba negra, de mediana estatura y los miró hacia el techo. Por el forado se veía el sol redondo de Capernaum y unas pequeñas nubes que miraban hacia abajo, como curiosas, lo que ocurría al interior de esa casa. La de la calle corta, la de color azul, la de la gente pobre, llena de polvo. Había transcurrido ya la mañana y el hombre no dejaba de hablar y ellos no se cansaban de escuchar, a pesar que estaban encaramados sobre el techo de la casa con el sol en la espalda.
Ante los insultos, reproches y burla de la gente que se fijó en ellos luego que el hombre de barba les hablara se pusieron muy nerviosos y uno de ellos casi cae del tejado. Habían intentado ser discretos, pero había tanta gente allí esperando desde la mañana que les fue imposible entrar y entonces a uno de ellos se le ocurrió la idea descabellada de subir al techo. Ahora estaban cerca del hombre. Todos los regañaban y les gritaban que bajaran, menos él, -ustedes-dijo otra vez, pero en su voz no había enojo ni recriminación. Cuando repitió la palabra los que estaban escondidos asomaron la cabeza un poco tímidos y avergonzados. Cuando vieron bien a aquel hombre moreno, afirmado con una mano sobre una mesa de madera y toda esa gente alrededor no les había llamado mayormente la atención, no obstante a medida que hablaba sus palabras se volvieron poderosas y quedaron como hipnotizados. Nunca habían visto ni oído a alguien igual. Cuando alzó la mirada y los observó algo pasó en ellos. Su mirada los traspasó, pero no de temor sino de bondad y torpemente se dirigieron a él-t-t-te-nemos aquí a un amigo, Maestro-. El hombre siguió mirándolos -que se asome-les dijo. Se miraron unos a otros nerviosamente-no podemos, Maestro, está postrado- respondieron. El hombre comenzó a mirarlos de manera diferente y sorprendido dijo, -bájenlo-. Los jóvenes atolondradamente comenzaron a moverse sobre el techo para molestia de algunos religiosos que se encontraban al interior de la casa.-bájenlo- volvió a repetir el hombre. Lentamente comenzó a descender una cama amarrada a cuatro cuerdas. Los curiosos al interior de la casa se agolparon para saber que haría el que decían que era profeta. El joven Jacob movía nerviosamente sus ojos, que era lo único que podía mover y no se atrevía a decir nada. Se le veía asustado. Sentía que el corazón le latía más a prisa y miraba a sus amigos hacia arriba quienes estaban muy agitados y prácticamente colgando del techo.
El profeta guardó silencio y toda la casa también calló expectante. Se acercó a la cama puesta en el suelo sin decir nada. Se movía lentamente. Miró al joven y comenzó a llorar. Entonces hizo un gesto inesperado, miró hacia el techo apuntó a los jóvenes y lentamente pronunció las palabras, - por la fe de tus amigos, hijo, tus pecados son perdonados, toma tu cama y ándate.
El joven Jacob sintió una corriente de calor y energía que le recorrió todo el cuerpo, sintió como sus huesos sonaban y se acomodaban en fracción de segundos y al instante se paró solo para arrojarse inmediatamente a los pies de Jeshúa,-te adoro Jeshúa Hijo de Dios, gracias, gracias repetía una y otra vez y lloraba sin parar. Acto seguido tomó su cama y lleno de emoción salió como pudo entre la gente hasta alcanzar la calle y correr hasta su casa y abrazar a su madre. Ese día fue Jacob quien colocó la mesa y lavó los platos de su madre y sus amigos.

sábado, 31 de agosto de 2013



Cuando muere el sol

El sol exhala sus últimos suspiros sobre el poniente cielo de Santiago y con su muerte aparece lo que no se habla a la luz, lo inconfesable, lo que se oculta, lo incómodo, lo inolvidable, las endechas, los velados lamentos y las historias cubiertas, bajo aún tibios techos cubiertos con piedras y ladrillos. Bajo tejas coloniales o sofisticados tejados tecnológicos. Lo exterior, la oscuridad, las sombras solo disimula y disfraza lo que adentro de las casas ocurre. Muere el sol y con sus últimas gotas de agonía, pequeñas luciérnagas comienzan a aparecer diseminadas por el antiguo valle. Candelas que pierden su color en la oscuridad y que solo brillan intentando defenderse de la sombra santiaguina que todo lo cubre y que todo lo esconde. Árboles fantasmales, siluetas furtivas, sirenas agudas, moribundas y terribles que ululan a lo lejos. Perros inimaginables que ladran, amantes furiosos e inconfesos, monstruos nocturnos que todo lo devoran y el silencio que lentamente desciende sobre algunos sectores de la ciudad y exacerba la algarabía en otros. Vagalumes blancas, amarillas, celestes, anaranjadas, fijas, pestañeantes, potentes, débiles, misteriosas, alegres, pobres, ricas. Luciérnagas con vientres repletos de humanos que ellas dan a luz cada vez que el sol muere, embarazadas de ritos, diálogos, dolores, risas, susurros, carencias, lujos, historias…
Casitas felices donde un hombre y una mujer llenos de pasión, agitados y desnudos, sin pudor hacen el amor entre risas y placer una y otra vez. En otra, un padre y una madre lloran los últimos minutos de su hijo en esta tierra, él toma la mano de ambos e intenta sonreír en una noche negra como sus almas, noche que quisieran no terminara jamás, porque al nacer el sol otra vez, el hijo ya no estará más con ellos y a cambio tendrán el vacío y el inalcanzable olvido.
Bajo otro techo la mujer abandonada y golpeada, humillada y escarnecida por alguien que juró ser su amor toda la vida, tendida sobre el suelo helado y chorreado de rojo solo llora y son esas lágrimas y un pequeño y triste perro café echado a su lado que gime y lame sus manos melancólicamente, la única compañía en esa larga noche, bajo esas estrellas indiferentes y burlonas que insisten en alumbrar como si nada pasara.
En la otra casa, es el joven, esperanza de la familia, el que entre lágrimas repite una y otra vez los algoritmos y las ecuaciones. Arruga papeles, escucha la radio, hojea libros de números y anatomía. Mañana puede cambiar su vida, y la de su familia y no está seguro de poder hacerlo y se restriega los ojos, y se toma un café, y repite otra vez en voz alta, y repite y repite…
Otra luciérnaga da a luz una mujer y su marido nervioso. Ella siente dolores, él se levanta de la cama, corre hacia el auto. La toma como puede, coge el bolso que está ya preparado. Hace una oración, le acaricia el abultado vientre, ahora sí que es verdad mi amor. La sube al auto, enciende la radio, corre veloz hacia el hospital, las estrellas alumbran indiferentes, no sonríen. El sol ha expirado hace horas.
En esta luciérnaga, no hay nadie, está todo oscuro, todo es silencio. Vamos, entremos, la casa está vacía. No son más de 15 minutos para llenar los bolsos. No ha quedado nada de valor. Se ríen nerviosos. Salen al jardín, nadie observa, es de noche. Abren el automóvil, cargan su mercancía. Ha sido una noche tranquila, respiran hondo y se van del lugar a toda prisa. Las estrellas continúan brillando, en silencio e impávidas.

Ha muerto el sol en el valle. Una muerte rápida, fugaz, de no más de unas horas. Resucitará pronto y sus rayos desarmarán las historias, por unas horas, por un día y luego…el sol morirá otra vez…

lunes, 6 de mayo de 2013


Las nueces de la abuela

                                                        Ps. Juan E. Barrera


Venía saliendo de la escuela una nublada tarde de otoño, con mi típica mochila al hombro y corriendo para no llegar  atrasado  a la universidad después de un agotador día de trabajo, tenía que hacerlo para alcanzar la única micro que me sacaba del lugar y llevaba al centro. Entonces la vi, apoyada, frágil, invisible  en la reja de la calle en medio de toda la algarabía que hacían los niños y sus madres al fin de la jornada de ese día. Su cabello blanco bien peinado y la cara llena de arrugas acusaban unos setentas años. Nueces, ricas las nueces, repetía casi murmurando. Nueces, ricas las nueces. Choqué con algunos de los estudiantes que iban saliendo y gritando entorpeciendo la salida y obligado por ellos, tuve que parar mi carrera, y tuve tiempo para fijarme más en ella. Tenía los ojos tristes y cansados, aunque con un dejo de serenidad o resignación. En el brazo izquierdo sostenía una pequeña bandeja plástica desnuda, con unas bolsitas plásticas y pedazos de nueces dentro, apenas un puñado de bolsitas. ¿Cuánto cuestan las nueces, mamita? Pregunté-cien pesitos profesor, recibí como respuesta con una voz suave y un poco temblorosa. Pensé unos segundos, palpé un billete en mi bolsillo con la mano derecha, calculé si me alcanzaba para ir y volver en la micro. Ella casi ni me miraba, aunque esperaba una respuesta mía, y yo de reojo miraba sus ojitos cansados y expectantes. Démelas todas, dije por fin, bajando la voz. Con la mano que tenía libre y temblorosa juntó las bolsitas y me las entregó. Las guardé parsimoniosamente en mi mochila y le pasé el billete. Al dárselo me miró por primera vez a los ojos y desde el fondo de su corazón exclamó ¡Gloria a Dios! Y sus ojos estaban húmedos, como los míos.



























































































lunes, 25 de marzo de 2013

El carnicero de mi barrio


El carnicero de mi barrio
Juan E. Barrera
El carnicero de mi barrio es un hombre muy común y corriente, moreno, sonriente, bajito, de grandes dientes, ya entrado en canas. Abre su carnicería, un tanto desmantelada cada mañana y bien temprano, y mientras afila los cuchillos con ese ruido metálico chillón e insoportable al frotar uno con otro, espera que las señoras lleguen a comprar. Son señoras gordas y risueñas, flacas muy divertidas, rubias altivas y engreídas, morenas interesantes. Descuidadas, desprolijas, cuidadosas, voluptuosas, atractivas, desgarbadas, todas llegan donde don Mario, el Marito a comprar la carne para el almuerzo de ese día. Él las recibe a todas con una sonrisa y alguna broma pícara.
Afuera, en la vereda, en el frontis de la carnicería y en un letrero despegable de cholguán desclavado, apenas se lee “Carnicería don Mario” Carnes categoría V. Esta V apenas se distingue, está desteñida por el paso del tiempo, de la lluvia, el calor y la contaminación. Adentro, en la pared desteñida también y de frente a las clientas cuelga la fotografía de un joven de unos veinte años, sonriente, apoyado en una motocicleta de alta velocidad, es su hijo.
Don Mario se pone cada mañana el delantal de hule amarillento roído y con él se cuelga la vida. Cual superhéroe con el delantal puesto, enfrenta todos los ataques y embestidas de la vida y es que don Mario tiene una doble vida que solo algunos conocen y respetan. Por las noches, sin su delantal-capa-superhombre, cuando ya no hay señoras comprando ni conversando y ya el sol se ha escondido rojo en el lejano mar y no tiene más compañía que la radio o el televisor, don Mario deja ver su verdadera identidad. Hombre vulnerable, sensible, quebrado, herido, se sienta en la cama, en medio de sus recuerdos, se tapa la cara con ambas manos y entre sollozos y rezos y reclamos, mira otra foto en la pared y a gritos llora el nombre de su hijo y se pregunta ¿Por qué? El muchacho ya no está, don Mario está solo y el recuerdo de su hijo le traspasa el alma ¡¡ ¿Por qué Dios?!! Grita nuevamente y su grito rompe el silencio de la noche pero no tiene respuesta. El muchacho ya no volverá más y era lo único que tenía, y las lágrimas brotan a raudales, yo lo amaba, solloza, mi hijo, mi Marito. Las amargas y calientes lágrimas que cada noche brotan de sus cansados ojos son la única respuesta y el dolor que le parte el pecho y se arroja boca abajo sobre la cama y don Mario llora hasta que el sueño y la tristeza lo vence casi a la salida del sol.
Al rato el despertador lo hace saltar, se levanta apenas, se ducha, se toma un café sin azúcar y enciende la radio, mira la foto del joven en la pared, otra vez lo mismo. A las 8:30 en punto abre la carnicería, sonríe, se coloca su delantal-capa-superhombre y comienza a recibir a las señoras del día; señoras gordas y risueñas, flacas muy divertidas, rubias altivas y engreídas, morenas interesantes…para todas tiene una palabra amable y una sonrisa-buenos días mi señora linda-buenos días Marito-responde una trigueña. Es don Mario, el carnicero de mi barrio.

lunes, 4 de febrero de 2013

La oruga



                                                                                           Ps. Juan E. Barrera
De niño tenía una costumbre detestable para los adultos, de manera especial para mi madre, ¡Comer ciruelas verdes! A pesar de las advertencias sobre el tifus y las amenazas de indigestión, casi a diario me encaramaba, por las mañanas, al ciruelo de nuestro patio. Era tan entretenido quedarse allí, escondido, entre las verdes hojas movidas por el viento suave e iluminadas por el sol de la mañana, acomodarme en un pequeño tronco, de corteza lisa y hacerme de un puñado de sal en una hoja de cuaderno y comer ciruelas verdes, ¡Qué sabrosas y que deliciosas! Repetí ese ritual no sé cuantas veces, hasta que un día noté algo extraño. Las primeras veces no le presté atención y seguí entusiasmado con mi dieta diaria de ciruelas. Pero mi curiosidad no dio para más y una buena mañana me acerqué a una de las ramas lejanas para descubrir qué era aquello adherido a ella. Con cuidado estiré mi brazo y como pude, con mis dedos pulgar e índice lo palpé y lo jalé. Opuso resistencia pero hice más fuerza y cedió. Coloqué aquello sobre la palma de mi mano, entre curioso y temeroso. Nunca había visto algo igual. Lo palpé varias veces y al notar su suavidad lo acaricié repetidamente y lo giré para verlo completo. Estaba descolocado, mi mente de niño no podía descifrar qué era aquello que tenía en mi mano. Dejé las ciruelas de lado por un rato y puse toda mi atención en aquello. Mi curiosidad no se detuvo allí. Con mucho cuidado, y con ambas manos rompí aquello suave y de color café. Con los dedos hice fuerza y tiré hacia atrás hasta que aquella suavidad cedió y se rompió. Lo que había adentro fue indescifrable para mí. Algo envuelto en una especie de algodón blanco, inmóvil, como una pequeña ramita. No fui capaz de descubrir que era eso. Entonces, en un impulso bajé del árbol y con mi tesoro desconocido en la mano corrí hasta donde estaba mi madre y con cara de interrogación le conté lo que había encontrado en el ciruelo. Ella tomó aquello en su mano y con cara de pena me explicó-esto se llama capullo, es un gusanito que se cuelga de la colita y comienza a envolverse en una seda que él mismo produce-Yo escuchaba aquellas palabras absorto.-después de unos días-continuó mi mamá-este capullo se convertirá en una mariposa, rompe este saquito y sale volando-. Todavía recuerdo la impresión que me causaron esas palabras.-de ese modo nacen las mariposas, hijo-dijo mi madre. Me pareció tan increíble el relato, como lo que ella dijo después.-Esta ya no volará porque tú sin saber la mataste cuando abriste a la fuerza el capullo. Esas palabras se me clavaron en mi pecho de niño.-cuando encuentre otra vez un capullo, no le haga nada, déjelo tranquilito-dijo mi madre en un tono dulce y yo asentí con la cabeza sin pronunciar palabras.
Luego de darme unas vueltas por el patio, para disimular y distraer a mi madre un rato, subí al ciruelo otra vez y seguí comiendo ciruelas verdes.

sábado, 26 de enero de 2013

D-2. 232-2. 4 años

D-2. 232-2. 4 años
                                                                     
 Juan E. Barrera  
Hoy se cumplieron cuatro años de tu partida y del niño alegre y feliz que fuiste, además de tu recuerdo indeleble, me queda esta clave. D-2. 232-2. Me parece tan increíble venir a verte aquí, a este lugar. Ya es atardecer y entramos con un ramo de flores de todos colores en la mano, un ramo alegre como tú, y, caminamos el trayecto hasta donde estás, en silencio, mirando el cielo limpio de verano en enero, en Santiago y la paz del lugar contrasta con la pena que todavía sentimos. Caminamos lentamente, tu madre, tu hermano y yo. Avanzamos tomados del brazo, los tres, entrelazados, lentamente, dándonos fuerza y valor interiormente, enfrentando lo que preferiríamos evitar a toda costa. Avanzamos por la calle, paso a paso y me cuesta respirar. En el claro cielo las aves se cruzan libres, hermosas e indiferentes a cuanto ocurre abajo. Miro a lo lejos y veo cuerpos inclinados y sobrecogidos, frágiles, anónimos, escarbando el suelo. Algunos pájaros cantan ruidosamente y sus picos amarillos o anaranjados destacan en el césped. El suave viento mueve los árboles y los remolinos de variados colores. Estos indican que no somos los únicos en estas circunstancias. Cada remolino al viento es un niño en el cielo que te acompaña, que te conoce, con los que juegas y paseas, mientras yo te echo de menos y te añoro con toda mi alma, ¡oh quién me diera alas como de paloma! Volaría yo y descansaría, pero esta es mi vida, nuestra vida y debemos aceptarla y vivirla. Avanzamos hasta llegar al D-2 232-2 y allí, frente a nuestros húmedos ojos, está el dibujo, la metáfora de lo que fuiste. Los zorzales se bañan en el agua de tus flores y picotean impasibles en el césped. Tú no dices nada, estás quieto, solito, y en silencio dejas que merodeen a su gusto. A pocos metros el gran Acacio, testigo silencioso de nuestro encuentro, estira sus ramas delicadamente e intenta tocarte, acariciarte, despertarte, pero no lo logra. Yo que estoy parado frente a ti tampoco lo logro, aunque no imaginas lo difícil que es eliminar o ignorar esas ganas de abrazarte. El sol amarillo lentamente va cambiando su tono y ahora ya es más anaranjado y mi corazón, a poco frente a tu placa, también va cambiando y deja de ser el corazón fuerte y creyente y se torna débil e incrédulo, y me saco el sombrero y lloro y te recuerdo y lloro y escucho tu voz y lloro y recuerdo tu cara y lloro, y recuerdo tu aroma y lloro ¡oh quién me diera alas como de paloma! Volaría yo y descansaría, pero es mi vida y tengo que aceptarla y vivirla y ser feliz y ser alegre y consolar a otros, aunque cada vez que vengo un nudo en la garganta casi me impide hablarte y un dolor en el pecho me ahoga y me cuesta respirar y la belleza del lugar pierde su relevancia.
Miro tu placa y pienso que falta tanto para volver a vernos, recién han pasado cuatro años desde ese otro 19 de enero, pero me engaño, siempre estamos a un segundo de volver a vernos, de reunirnos, de abrazarnos. Mientras miro las flores junto a tu nombre recuerdo tu fotografía en el comedor diario de nuestra casa, frente a mi parece decirme y reafirmarme eso, que cada vez falta menos tiempo hasta que volvamos a ser cuatro nuevamente. Respiro hondo e intento descansar del agobio que me significa llegar hasta aquí y mientras repito tu nombre una y otra vez, bajito, casi susurrando y observo las hormigas recorriendo tu nombre, vuelvo a pensar en tu foto y recuerdo que sin darme cuenta he colocado junto a tu retrato una figura de cerámica de un vagabundo, que alguien que me estima me regaló. Es un viejo con barba, de grandes ojos, con cara triste, con ropa pobre, de chaqueta roja y pantalones grises, con sombrero ,sentado en un baúl antiguo y que al activarlo toca la trompeta e interpreta “When the saints go marching” y este acto inconsciente me llena de esperanza, cada vez que el vagabundo interpreta en su vieja trompeta esta melodía y mueve uno de sus pies con su zapato roto me vuelve la serenidad y recuerdo que esta distancia es momentánea, que cuatro años son nada al compararlo con el tiempo que tendremos juntos. Que un día cercano la Gran trompeta sonará, que todo esto quedará atrás y que te levantarás de aquí. Pensando en esto bajo la cabeza, suspiro profundo, me pongo el sombrero, te digo –chao mi Joaco-y pienso en la resurrección. Me doy media vuelta y el sol agoniza en Santiago y todavía algunos pájaros vuelan sobre mi cabeza cantando felices e impasibles y comienzo el camino de vuelta por la larga calle. Llego a la cafetería, pero está cerrada, subo al auto y me voy, miro hacia atrás y enciendo la radio.