domingo, 3 de abril de 2022

El origen del sufrimiento

                                                     El origen del sufrimiento


 Hablar del origen del sufrimiento es abordar un tema que no tiene respuesta y sí muchas especulaciones, de todo tipo, sociales, teológicas, filosóficas, científicas. Esta es una pregunta que muchos quisiéramos responder, para nosotros mismos y para otros, nos gustaría descubrir el misterio porque tal vez pensamos que si sabemos los por qués sufriríamos menos, aunque esto no es verdad. No es habitual que nos preguntemos sobre el origen del sufrimiento, a menos que estemos sufriendo o alguien cercano a nosotros lo esté experimentando. ¿Por qué? Es una pregunta profunda que en el día a día toma variables como “¿Por qué tendrán que ser así las cosas?” “Sería tan linda la vida si las cosas fueran diferentes” y la hacemos frente a la muerte, frente a una enfermedad incurable, frente a una tragedia o un desastre natural. Frente a ello nos volvemos todos un poco filósofos y es que el dolor se lleva lo superficial y revela nuestra esencia y en esa condición existencial nos volvemos a las preguntas profundas y básicas de la vida ¿Tiene sentido la vida?, ¿Por qué existe el sufrimiento? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es mi destino? 

Para muchos estas preguntas desaparecen cuando su pena termina, para otros estas preguntas rondan sus mentes por años y para otro grupo de personas son preguntas que los acompañarán siempre. Sufrimiento y felicidad son dos caras de la misma moneda, aunque solemos enfatizar la felicidad, la verdad es que los humanos nacemos ya con marcas de sufrimiento. La madre sufre, llora o grita de dolor en el período de parto, pero ya con su bebé en brazos la alegría es mayor que su dolor y el sufrimiento previo queda olvidado o disminuido. El bebé sin decir nada ha experimentado la misma experiencia, el trauma del nacimiento. Al hacer abandono obligado de su confortable hábitat, tibio, cálido, oscuro, se enfrenta a la lucha que llamamos nacer: desacomodo, movimientos, violencia, intromisión de terceros, luz, voces, etc. Esta lucha no lo abandonará jamás. Sus mejores momentos no estarán exentos de lágrimas y en lo sublime de su vida conocerá también la profundidad del dolor.

Si hiciéramos un experimento y nos paráramos en una transitada avenida de Santiago de Chile y preguntáramos a las personas acerca del origen del sufrimiento creo que estas serían algunas de las respuestas. Algunos dirían que no hay sentido ni explicación para el sufrimiento, que todo es fruto del azar “al que le tocó le tocó” que la vida es cuestión de suerte. Que algunas personas tienen mejor fortuna y van por la vida sonriendo sin que nada malo les ocurra. Pueden tener una conducta intachable o hacer conductas reprobables, eso no importa, todo es suerte. Algunos tienen mala suerte, y otros buena suerte. Recuerdo años atrás un compañero que no alcanzó a tomar un bus donde ya tenía reservado el asiento y tuvo que esperar el siguiente. Horas después pasan por un lugar en la ruta y ven al bus anterior que estaba accidentado y las personas en la ubicación del asiento que él había reservado habían muerto. 

Otras personas responderían que el sufrimiento se relaciona con la supervivencia del más fuerte, apelarían a la teoría darwiniana y dirían que todo es cuestión de genética, que algunos tienen una muy buena herencia, son fuertes y no experimentan sufrimiento y que otros no tienen buena genética, así que no debieran sorprender las enfermedades o males físicos, todo es resultado de la elección natural. Sobrevive el más fuerte. 9 Un grupo diría que sin lugar a dudas el origen del sufrimiento está estrictamente ligado a las estructuras sociales y de poder. Los pobres sufren más que los ricos, las estadísticas revelan que los ricos son más felices. Que los modelos económicos tienen gran influencia y el poder está relacionado, con los aspectos étnicos e ideológicos. Tenemos como ejemplo de ello las luchas sangrientas en el siglo XX de la ex Yugoslavia y las masacres en África, o las muertes de Sendero luminoso en Perú, solo por citar algunos.

 Otros aun dirían que es el karma, que alguien en su generación anterior cometió alguna transgresión, ya sea en actos, pensamientos o palabras y ahora se está pagando en esta vida, como una reacción a esa acción. Que si obramos bien obtenemos consecuencias positivas, que si obramos mal, las consecuencias son negativas, que todo es un ciclo que se cumple. Todavía otro grupo diría que el origen del sufrimiento está en Dios, quien lo envió como castigo por la maldad del hombre. El sufrimiento es el resultado de un Dios enojado o un Dios celoso que le molesta ver a sus criaturas felices y envía castigo de variadas formas. Otro grupo muy parecido diría que el sufrimiento surge de la propia naturaleza del hombre, un hombre malo hace cosas malas y sufre las malas consecuencias de sus actos. Sobre sí mismo, enfermedades, accidentes y sobre otros, abusos, engaños. Sobre este tema, el origen del sufrimiento voy a volver en un capítulo posterior

lunes, 28 de marzo de 2022

"El origen del sufrimiento". Parte II

 Hola mis amigos. En esta semana voy a continuar compartiendo parte del Capítulo 1-parte II de un nuevo libro. El capítulo lleva por título, "El origen del sufrimiento".

Agradezco sus comentarios acerca del texto.

Un abrazo

Juan


Dice la historia que Siddharta Gautama, el Buda, que vivió en el siglo VI A.C. siendo un príncipe, su padre lo quiso preparar para ser un gran rey y para ello lo encerró en palacio y lo protegió del sufrimiento. Durante 29 años Sidarta vivió como príncipe en Kapilavastu, totalmente aislado del mundo, lleno de cuidados y privilegios, pero un día decidió salir de su palacio y conocer su reino y por primera vez, al hacerlo, descubre que existía una realidad que el desconocía entre su propio pueblo. Recorriendo la ciudad acompañado de uno de sus sirvientes. Descubrió que existía el sufrimiento y experimentó lo que se conoce como los cuatro encuentros:

El primer encuentro ocurrió cuando Chandaka, uno de sus sirvientes, lo llevó de excursión (las mismas estaban orquestadas por su padre pero se ponía especial atención en “limpiar” y  “decorar” el camino para no desagradar al joven).

El Buda tenía entonces unos 30 años y una visión absolutamente ideal de la existencia. En esa oportunidad, vieron a un anciano “doblado por la edad, de escaso pelo gris y el rostro reseco, con los ojos rojos en los bordes y manos temblorosas”, tal cual dice la historia. El joven preguntó qué le ocurría a ese hombre, y Chandaka le respondió: es un anciano señor, lo que ese hombre padece son las aflicciones de la vejez, que a todos nos llegarán. Era tal el encierro del Buda que no había conocido hombres ancianos deteriorados por el paso del tiempo.

La segunda experiencia fue la de encontrarse con un hombre enfermo. Estaba pálido y demacrado, tenía unas partes de su cuerpo hinchadas y otras cubiertas de llagas. Como dice la historia, “se apoyaba en otro para caminar y ocasionalmente chillaba de dolor”. El joven se sintió impresionado por esa visión, tampoco había conocido ningún hombre enfermo antes.

La tercera ocasión en la que el príncipe Siddharta se cotejó con la realidad de nuestra existencia fue cuando, paseando en su carroza, vieron a un hombre muerto llevado en una procesión funeraria por sus parientes. Según el relato, el joven se conmocionó con el llanto de los familiares y pidió a su sirviente que le explicara este espectáculo. “Mi príncipe, le dijo Chandaka, el hombre que está tendido en la litera está muerto. Sus sentidos, sentimientos y conciencia han partido para siempre.” Entonces apareció la gran pregunta del Buda: Si todas las personas que han nacido tienen que llegar a este final: ¿Cómo es que no tienen miedo? Sus corazones deben estar muy endurecidos, porque veo que todo el mundo sigue con sus asuntos como si nada. 

A pesar del celo y del cuidado que su padre puso en evitar las salidas de su hijo para que no siguiera viendo el sufrimiento humano, el Buda continuó con sus exploraciones más inquieto que nunca.

Pero, en el cuarto paseo, se encontró con un hombre exageradamente flaco, desnudo, que sólo tenía un tazón para las limosnas, y que a pesar de ello, tenía la mirada serena de un vencedor. Era un monje asceta, un hombre que había vencido el dolor, la muerte y la angustia por la búsqueda del Atman (yo), algo que le había puesto en contacto con el mar eterno del ser que fluye de las apariencias ilusorias.

Seis siglos después, probablemente en el año 7 a. C. en una pequeña aldea en Israel, llamada Belén, otro hombre nacería, aunque también era rey, en condiciones muy distintas, sin privilegios ni prebendas reales, sin embargo cambiaría la historia para siempre. Había más de trecientas profecías sobre él que se cumplieron una a una desde antes del momento mismo de su nacimiento. Nació en un establo junto con los animales, pues su familia pobre no encontró una posada donde pasar la noche y siendo un bebé conoció ya el rechazo y la marginación. 

El nombre del niño le fue puesto por el ángel que anunció su nacimiento, Jesús. No era un príncipe humanamente hablando, no gozó de grandes comodidades, ni de lujos, ni tampoco de gran hermosura, era un judío común de su época. Fue hijo de una madre judía, aún adolescente y de un padre judío un poco mayor, de oficio carpintero. 

Sus padres deben huir a Egipto siendo él un bebé para evitar la muerte bajo el mandato del rey Herodes y conoce entonces el exilio y el temor. Luego de un tiempo sus padres vuelven a Israel y se establecen en Nazaret, entre las montañas. Una aldea pobre y con mala reputación entre los religiosos de su tiempo. Jesús elige vivir en una región de mucha pobreza y contaminación racial, Galilea y desde niño convivió con los desposeídos, con los impuros, con los proscritos. Qué hizo entre los 12 y 30 años no se sabe. Probablemente vivió con sus padres y aprendió el oficio de la carpintería y también debió aprender otras cosas: lo que es el trabajo, la disciplina y el amor de una familia.

Tuvo solo tres años de un ministerio público, lleno de enseñanzas y milagros, que fueron evidencia de su divinidad. Los evangelios registraron sus encuentros, desde sus inicios con el sufrimiento. Se identificó con los que menos tenían, con el dolor de los rechazados, de los enfermos, de los intocables y fue entre ellos que realizó sus milagros y fue de ellos principalmente de quienes recibió la admiración y devoción.

Con mano divina y bondadosa tocaba a sus seguidores y estos recuperaban la visión, eran sanos de la lepra, recuperaban su dignidad. Finalmente él mismo se convierte en el símbolo del sufrimiento, cuando estas mismas personas, objeto de su amor y servicio piden su crucifixión al imperio romano. 

La experiencia máxima de sufrimiento la experimenta colgado en el madero con las palabras “Padre, Padre, ¿Por qué me has desamparado?” 

Estos dos relatos nos sirven como ejemplo para demostrar lo obvio, que el sufrimiento siempre ha estado presente en la historia del hombre. Siempre ha existido suficiente evidencia de su existencia, a veces ha permanecido oculta otras veces ha sido abiertamente manifiesta. 

lunes, 21 de marzo de 2022

El origen del sufrimiento

 Amigos de muy cerca, de cerca, de lejos y muy lejos. Comencé hoy a compartir partes del manuscrito de un libro que estoy preparando. Escríbanme y compartan sus opiniones, comentarios, aportes, emociones.

Buena semana

Juan

El origen del sufrimiento


(Extracto del capítulo 1 del manuscrito de un nuevo libro)

Desde hacía tiempo, el pato notaba

 algo extraño.

 – ¿Quién eres? ¿Por qué me sigues

  tan de cerca y sin hacer ruido? La

 muerte le contestó:

– Me alegro de que por fin me hayas

 visto…Soy la muerte.

El pato se asustó. Quién no lo habría hecho.

– ¿Ya vienes a buscarme?

– He estado cerca de ti desde el día en que naciste… por si acaso.

– ¿Por si acaso?- preguntó el pato.

– Sí, por si te pasaba algo. Un resfriado serio, un accidente… ¡nunca se sabe!

– ¿Ahora te encargas de eso?

– De los accidentes se encarga la vida; de los resfriados y del resto de las cosas que os pueden

pasar a los patos de vez en cuando, también. Sólo diré una: el zorro.

El pato no quería ni imaginárselo. Se le ponía la carne de gallina. La muerte le sonrió con

dulzura. Si no se tenía en cuenta quién era, hasta resultaba simpática; incluso más que

simpática.

– ¿Te parece ir al estanque?- preguntó el pato.

La muerte ya se lo había temido…Después de un rato, la muerte tuvo que admitir que su pasión

por zambullirse tenía límites:

– Perdóneme, por favor- dijo-. Necesito salir de este lugar tan húmedo.

– ¿Tienes frío?- preguntó el pato- ¿Quieres que te caliente?

Nunca nadie se había ofrecido a hacer algo así por ella.

A la mañana siguiente, muy temprano, el pato fue el primero en despertarse.

– “¡No me he muerto!” , pensó.

Le dio a la muerte un golpecito en el costado:

– ¡No me he muerto! – graznó henchido de felicidad.

La muerte levantó la cabeza:

– Me alegro por ti- dijo desperezándose.

– ¿Y si me hubiera muerto…?

– Entonces no habría podido descansar tan bien – contestó la muerte bostezando.

“Esa respuesta no ha sido nada simpática”, pensó el pato. A pesar de que el pato se había

 propuesto, a partir de ese momento, no volver a decir nada más, no aguantó mucho tiempo

callado:

– Algunos patos dicen que te conviertes en ángel. Te sientas en una nube y desde ahí puedes

mirar la tierra.

– Es posible- la muerte se incorporó-, pero de todas maneras tú ya tienes alas.

– Algunos patos también dicen que en las profundidades de la tierra hay un infierno en el que

te asan si no fuiste un pato bueno.

– Es asombroso todo lo que se cuenta entre los patos, pero quien sabe…

– ¿Entonces tú tampoco lo sabes?- grazno el pato.

La muerte sólo lo miró- ¿ Qué hacemos hoy?- preguntó de buen humor

– Hoy no iremos al estanque- exclamó el pato- ¿Qué te parece si hacemos algo verdaderamente

emocionante?

La muerte se sintió aliviada- ¿Subirnos a un árbol?- preguntó burlonamente.

El estanque se veía muy, muy abajo. Ahí estaba, tan silencioso…y solitario.

“Así que eso es lo que pasará cuando muera”, pensó el pato…“El estanque quedará”… desierto.

Sin mí.”

A veces, la muerte podía leer los pensamientos.

– Cuando estés muerto el estanque también desaparecerá; al menos para ti.

 – ¿Estás segura? – preguntó el pato desconcertado.

– Tan segura como seguros estamos de lo que sabemos- dijo la muerte.

– Me consuela, así no podré echarlo de menos cuando…

– ….hayas muerto- terminó la muerte

– ¿ Por qué no bajamos?- le pidió el pato un poco después-Subido en los árboles se piensan

cosas muy extrañas-.

Durante las siguientes semanas, fueron cada vez menos al estanque. Se quedaban sentados en

cualquier lugar que tuviera hierba y casi no hablaban. Hasta que un día, una ráfaga de aire fresco despeinó las

 plumas del pato y éste sintió frío por primera vez.

– Tengo frío- dijo una noche- ¿Te importaría calentarme un poco?

La nieve caía. Los copos eran tan finos que se quedaban suspendidos en el aire. Algo había

ocurrido. La muerte miró al pato. Había dejado de respirar. Se había quedado muy quieto. Lo acarició para colocar

 un par de plumas ligeramente alborotadas, lo cogió en brazos y se lo llevó al gran río. Allí, lo acostó con mucho

 cuidado sobre el agua y le dio un suave empujoncito. Se quedó mucho tiempo mirando cómo se alejaba.

Cuando le perdió de vista, la muerte se sintió, incluso, un poco triste. Pero así era la vida…


(“El pato y la muerte”, Wolf Erlbruch)

El sufrimiento humano siempre ha estado presente en la historia. El dolor físico de los enfermos, de los heridos de guerra, el sufrimiento de los esclavos, las desigualdades, las injusticias, el horror de lo indescriptible siempre ha estado en la historia del hombre.

Catástrofes naturales, gobiernos totalitarios y abusivos. El sufrimiento causado por el hombre hacia el hombre, el egoísmo, la crueldad, la codicia son algunas de las principales causas del sufrimiento.

Hombres, mujeres, ancianos y niños, nadie ha escapado del sufrimiento en ninguna época de la historia humana. Hoy, productos de nuevas leyes y derechos de las personas creemos que las cosas debieran ser diferentes, pero tampoco lo son: las desigualdades y el sufrimiento se rebelan en pandemias, abusos, migración, delitos.

Evidencias del sufrimiento

Puede parecer más que evidente la existencia del sufrimiento y no sería necesario justificar su existencia, no obstante existen doctrinas o prácticas que niegan la existencia del sufrimiento. Una marcada idea de que todo es felicidad, de que la vida es solo alegría o todo es ilusión, que todo ocurre en la mente. Por otra parte existen también grupos de personas desconectados de la realidad, clanes encerrados y privilegiados, centrados solo en sí mismos quienes no consiguen ver la realidad del sufrimiento en otras personas o que les parece algo indiferente que intentan minimizar como experiencia real, no obstante las evidencias de sufrimiento abundan, en “los últimos 5.000 años de historia, la humanidad solo estuvo 900 años en paz, en los cuales los hombres se preparaban para el conflicto siguiente. Más de 8.000 tratados de paz se han firmado en el transcurso de los últimos 35 siglos. Desde 1945 hasta finales del siglo XX se disputaron 140 guerras con 13.000.000 de muertos. Desde el año 1.000 D.C. hasta el 2.000 se calcula que las guerras han causado unos 148 millones de víctimas, casi las 2/3 partes durante las contiendas habidas en el siglo XX. Hasta la primera mitad de este siglo, se estima que 9 de cada 10 víctimas eran soldados; en la segunda mitad esta proporción varia hasta que, a finales del siglo XX, 9 de cada 10 víctimas en los conflictos armados son civiles."




miércoles, 16 de marzo de 2022

Un día en mi vida a mitad de los 90.

 Queridos amigos, quiero empezar la semana compartiendo con ustedes un texto autobiográfico que forma parte de un nuevo libro que escribí y del que ya tengo listo el primer manuscrito. Lo titulé:

                                            Un día en mi vida a mitad de los 90. 

Esa mañana de diciembre la feria libre hervía. Los vendedores armaban sus puestos entre risas, palabrotas, bromas y gritos. Yo avanzaba en medio de la calle tirando de un carretón de madera en el que llevaba mis cosas también para vender, bajo un sol inmisericorde. Ya a las 9 de la mañana mi camisa barata, estampada, estaba mojada y mis pies, producto del sudor, bailaban en mis chalas, ya casi desechas. Con una mano me secaba el sudor de la frente y con la otra continuaba tirando del carretón eludiendo a las personas y otros carros estacionados en la calle. Mientras, mi mente trabajaba a full. Se acercaba navidad y yo no tenía dinero. Mi hijo mayor ya había nacido, era pequeño, había que comprar leche y pañales. La feria me era un lugar extraño, ajeno, pero no tenía elección en ese momento.

Me vi a mi mismo como un miserable, sentí vergüenza, estaba quebrado, solo, olvidado, abandonado. Cuando tenía 8 años comencé a asistir a una iglesia evangélica cerca de mi casa.  Cuando crecí me convertí en pastor de esa organización, pero esta me dejó solo y me abandonó. La maldad de los poderes fácticos que operaban me había marginado, exiliado y obligado a renunciar. La iglesia donde crecí y pensé encontrar consuelo me “vetó”, a pesar que me conocían de niño, y ya no era bien recibido. Ya no había tiempo para tocar el piano o practicar mi inglés, hablar en portugués, usar una corbata bonita o cenar con los amigos, ahora lo urgente era conseguir dinero.

Estaba solo, bañado en sudor, lleno de preguntas sin respuestas luchando para no perder la fe ni la esperanza. El sol brillaba en todo su esplendor, pero yo vivía mi propia noche que parecía eterna. Nunca recibí ayuda de las personas con las que me relacionaba, ni tuve amigos cerca. Solo estaba yo y Dios y este también parecía ausente, lejano, ajeno a mi triste situación.

Esa mañana, al borde de las lágrimas, sentado en el suelo, entre las papas, tomates, poleras y shorts, leyendo La Ilíada, sentí  que Dios me dijo que si los dioses griegos se involucraban en la vida y en la batalla de los hombres e incluso mostraban hasta cierto favoritismo por algunos. ¿Cuánto más no cuidaría él de mí? El mensaje fue claro, tenía que renacer, ponerme de pie, volver a creer, no estaba solo.

No sé bien, como pasó, pero las circunstancias comenzaron a cambiar. A los causantes del daño nunca volví a verlos, ni hubo arrepentimiento de parte de ellos, ni restitución alguna. En el proceso aprendí a  no olvidar ciertas situaciones, a perdonar otras. Aprendí lo nefasto del legalismo, el poder, el abuso emocional y de una religión basada más en tradiciones que en el amor verdadero. Descubrí que los verdaderos amigos son muy pocos, que es mejor abandonar el discurso altilocuente y actuar con humildad. Esa mañana de diciembre volví a nacer.

 


 


viernes, 11 de marzo de 2022

El pasado

Hola amigos, comparto con ustedes esta semana un pequeño texto que incluí en un nuevo libro que estoy escribiendo. Lo titulé:
                                                                       El pasado


 El pasado nunca es pasado si vivimos recordándolo, es una manera directa de hacerlo siempre presente, porque de alguna manera nos tiene atrapados o nos gusta el pasado y quisiéramos fuera presente. A veces nos hace sufrir, nos llena de nostalgia, y es una nostalgia dulce, que nos transporta a un tiempo que pensamos fue mejor. Éramos jóvenes y solo nos importaba un pequeño puñado de cosas, tal vez las más importantes, la belleza, una guitarra, una cara, un sandwich, un jeans. La alegría brotaba sin esfuerzo y el futuro era brillante. Moríamos por amor y el mañana no nos preocupaba. No había senderos y tampoco nos preocupaba. Nos teníamos a nosotros mismos, a nuestro orgullo, nuestra arrogancia y eso bastaba. Pero no todo eran flores, había también espinas que nos pinchaban fuerte y sangrábamos, y nos dolía y cojeábamos y llorábamos (a escondidas para que nadie nos viera) y nos secamos las lágrimas y seguimos avanzando. En cada camino, en cada rostro, en cada discurso, en cada situación dejé algo de mí, en alguien que amé y que me amó, que también escribió algo en mí. En una canción que canté o que me cantaron, en un acorde de piano, en una mirada nueva, en una sonrisa cómplice, en un roce, en un espasmo, no quiero eso de vuelta, lo dejo allí. Mientras caminaba algunos me hirieron y yo herí a otros, perdí a algunos y otros me perdieron a mí. En el horizonte veo la sonrisa de conejo de un niño que me mira y me dice adiós con su manito, y que luego se gira y se va en dirección al sol. Veo un hombre bajito que en silencio, cansado camina y deja ver una sutil sonrisa desdentada mientras se soba la panza y se va sin decirme nada caminado cansado bajo la sombra de unos árboles incontables. No podemos olvidar el pasado. El pasado son los materiales de los que estamos hechos. Olvidar el pasado es olvidar algo de nosotros, es agredirnos, es negarnos, es borrarnos, censurarnos. Sanar no consiste en borrar el pasado, en olvidar personas, en cambiar situaciones, sino en reconciliarnos con todo aquello, con nuestros dolores, con nuestros traumas, con nuestras traiciones, con nuestros amores, con quienes fuimos entonces y con quienes somos ahora. No somos menos que nuestro pasado somos más que nuestro pasado. Soy la sonrisa de alguien, las palabras de alguien, los sueños de alguien, las expectativas de alguien, pero soy más que eso. Soy madre, soy almendro, soy flauta, soy beso, soy hermano, soy canciones, soy libros, soy lágrimas, soy carcajadas, soy sueños, soy Dios, pero soy más que eso. Sanar es reconciliarse, es perdonar, es perdonarse, es amar. Es recordar sin vergüenza, es mirar con orgullo, es levantar la cabeza y caminar, sin miedo, sin prisa, completo, sereno. JEB

domingo, 27 de febrero de 2022

Editorial Crece

 Editorial Crece

                                                                                      
Amigos les escribo para compartir una buena noticia. La Editorial Crece está vendiendo mi libro Tengo un hijo en el cielo. Por lo que a partir de ahora pueden adquirir el libro directamente en la librería de la editorial o en su página web.

también lo sigo enviando directamente al domicilio vía correo.

Librería: Concha y Toro 07, Santiago – Metro República

Página web: www.editorialcrece.cl

Saludos

Juan E. Barrera



Se va el verano

 Se va el verano

Aquí en Santiago de Chile las tardes están más frescas, señal de que el verano se está retirando. Ha sido un tiempo de descanso pero también ha sido un tiempo de reflexión. Se acerca un nuevo año académico y también un año de desafío por que hay una editorial que está evaluando la publicación de un manuscrito que sería mi tercer libro, es una novela que espero sea de el gusto de ustedes amigos. He estado trabajando además en otros textos de diferentes géneros acerca de los cuales también en algún momento quiero compartirlo con ustedes un abrazo.

Juan