sábado, 2 de febrero de 2013

Niños “mamones” hombres inmaduros



                                                                     Ps. Juan E. Barrera           
Existen dos formas de abuso a menores, el abandono y la sobreprotección. Ambas conductas traen consecuencias en la vida de los hijos. En esta columna voy a hacer mención a la sobreprotección y sus consecuencias en la vida de pareja, de manera especial entre los hombres. Es muy frecuente ver en la atención clínica problemas de parejas que tienen su origen en lo que llamamos en Chile “hombres mamones”. Son hombres inmaduros, eternamente niños, que gustan de los privilegios de una vida de pareja, actividad sexual, atención, regaloneo, y que gustan hacer vida de soltero aunque llevan varios años de casado. En lo emocional prefiere ser contenido cada vez en lugar de contener o ayudar a los suyos. Este tipo de hombre es feliz viendo futbol en el cable o jugando con un i-phone. La esposa o pareja de un mamón sufre porque no puede entender por qué hace lo que hace. Son mujeres muchas veces emocionalmente abandonadas, una especie de madre de sus hijos y del marido, que tiene que resolver sola los conflictos hogareños, desde los cotidianos, hasta los temas de fondo. A muchas mujeres este tipo de hombre les acomoda, al menos por un tiempo, así son ellas las que mandan, “las que llevan los pantalones”, pero después de un tiempo, los mamones terminan agotando a sus parejas, quienes comienzan a reclamar más participación, más vida de familia, más atención, más cariño, más interés. Cuando esto sucede es cuando visitan un psicólogo, y el trabajo terapéutico no es fácil, como tampoco lo es vivir con un mamón. Hoy día se habla de muchos tipos de familia y también se habla de una flexibilidad en los roles, lo que está bien, dado los cambios sociales y económicos que afectan a las familias, sin embargo lo que no se puede obviar es que en cada familia deben existir roles y que estos se deben cumplir, para el correcto funcionamiento del hogar y la felicidad de cada uno de sus miembros. El apóstol Pablo nos recuerda, al despedirse de los corintios “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Cor. 16:13)

sábado, 26 de enero de 2013

D-2. 232-2. 4 años

D-2. 232-2. 4 años
                                                                     
 Juan E. Barrera  
Hoy se cumplieron cuatro años de tu partida y del niño alegre y feliz que fuiste, además de tu recuerdo indeleble, me queda esta clave. D-2. 232-2. Me parece tan increíble venir a verte aquí, a este lugar. Ya es atardecer y entramos con un ramo de flores de todos colores en la mano, un ramo alegre como tú, y, caminamos el trayecto hasta donde estás, en silencio, mirando el cielo limpio de verano en enero, en Santiago y la paz del lugar contrasta con la pena que todavía sentimos. Caminamos lentamente, tu madre, tu hermano y yo. Avanzamos tomados del brazo, los tres, entrelazados, lentamente, dándonos fuerza y valor interiormente, enfrentando lo que preferiríamos evitar a toda costa. Avanzamos por la calle, paso a paso y me cuesta respirar. En el claro cielo las aves se cruzan libres, hermosas e indiferentes a cuanto ocurre abajo. Miro a lo lejos y veo cuerpos inclinados y sobrecogidos, frágiles, anónimos, escarbando el suelo. Algunos pájaros cantan ruidosamente y sus picos amarillos o anaranjados destacan en el césped. El suave viento mueve los árboles y los remolinos de variados colores. Estos indican que no somos los únicos en estas circunstancias. Cada remolino al viento es un niño en el cielo que te acompaña, que te conoce, con los que juegas y paseas, mientras yo te echo de menos y te añoro con toda mi alma, ¡oh quién me diera alas como de paloma! Volaría yo y descansaría, pero esta es mi vida, nuestra vida y debemos aceptarla y vivirla. Avanzamos hasta llegar al D-2 232-2 y allí, frente a nuestros húmedos ojos, está el dibujo, la metáfora de lo que fuiste. Los zorzales se bañan en el agua de tus flores y picotean impasibles en el césped. Tú no dices nada, estás quieto, solito, y en silencio dejas que merodeen a su gusto. A pocos metros el gran Acacio, testigo silencioso de nuestro encuentro, estira sus ramas delicadamente e intenta tocarte, acariciarte, despertarte, pero no lo logra. Yo que estoy parado frente a ti tampoco lo logro, aunque no imaginas lo difícil que es eliminar o ignorar esas ganas de abrazarte. El sol amarillo lentamente va cambiando su tono y ahora ya es más anaranjado y mi corazón, a poco frente a tu placa, también va cambiando y deja de ser el corazón fuerte y creyente y se torna débil e incrédulo, y me saco el sombrero y lloro y te recuerdo y lloro y escucho tu voz y lloro y recuerdo tu cara y lloro, y recuerdo tu aroma y lloro ¡oh quién me diera alas como de paloma! Volaría yo y descansaría, pero es mi vida y tengo que aceptarla y vivirla y ser feliz y ser alegre y consolar a otros, aunque cada vez que vengo un nudo en la garganta casi me impide hablarte y un dolor en el pecho me ahoga y me cuesta respirar y la belleza del lugar pierde su relevancia.
Miro tu placa y pienso que falta tanto para volver a vernos, recién han pasado cuatro años desde ese otro 19 de enero, pero me engaño, siempre estamos a un segundo de volver a vernos, de reunirnos, de abrazarnos. Mientras miro las flores junto a tu nombre recuerdo tu fotografía en el comedor diario de nuestra casa, frente a mi parece decirme y reafirmarme eso, que cada vez falta menos tiempo hasta que volvamos a ser cuatro nuevamente. Respiro hondo e intento descansar del agobio que me significa llegar hasta aquí y mientras repito tu nombre una y otra vez, bajito, casi susurrando y observo las hormigas recorriendo tu nombre, vuelvo a pensar en tu foto y recuerdo que sin darme cuenta he colocado junto a tu retrato una figura de cerámica de un vagabundo, que alguien que me estima me regaló. Es un viejo con barba, de grandes ojos, con cara triste, con ropa pobre, de chaqueta roja y pantalones grises, con sombrero ,sentado en un baúl antiguo y que al activarlo toca la trompeta e interpreta “When the saints go marching” y este acto inconsciente me llena de esperanza, cada vez que el vagabundo interpreta en su vieja trompeta esta melodía y mueve uno de sus pies con su zapato roto me vuelve la serenidad y recuerdo que esta distancia es momentánea, que cuatro años son nada al compararlo con el tiempo que tendremos juntos. Que un día cercano la Gran trompeta sonará, que todo esto quedará atrás y que te levantarás de aquí. Pensando en esto bajo la cabeza, suspiro profundo, me pongo el sombrero, te digo –chao mi Joaco-y pienso en la resurrección. Me doy media vuelta y el sol agoniza en Santiago y todavía algunos pájaros vuelan sobre mi cabeza cantando felices e impasibles y comienzo el camino de vuelta por la larga calle. Llego a la cafetería, pero está cerrada, subo al auto y me voy, miro hacia atrás y enciendo la radio.

miércoles, 2 de enero de 2013

Nuevo año nuevas metas



                                                                                 Ps. Juan E. Barrera
Se fue el año 2012 y obviamente el mundo no se acabó a pesar de las predicciones de muchos. Lo que sí se acabó fue este tiempo para cumplir las metas y logros propuestas y es que desde hace mucho tiempo, bastantes personas, al iniciar un nuevo año se establecen objetivos para alcanzar, que abarcan dimensiones distintas como la laboral, familiar, académica, personal, etc. Si se mira al inicio del año de manera global un año parece mucho tiempo, pero si se divide el año en unidades más pequeñas, en meses, semanas y días se descubre con sorpresa que el tiempo pasa muy rápido. Para un segmento de estas personas estas metas no alcanzan más que a una declaración de buenas intenciones, bañadas por la emoción o la culpa del momento y son del tipo: voy a bajar de peso, voy a ser más ordenado, voy a leer más, voy a dejar de fumar. Para otro sector importante de personas, estas promesas y metas se toman en serio, se escriben y se evalúan durante el año de manera periódica y esta es una buena manera de avanzar y progresar en las áreas planificadas. Si lo planteado es solo un impulso momentáneo esto se olvidará rápidamente y no tendrá influencia alguna en la vida de la persona, en cambio si existe una corrección y evaluación permanente durante el año estas metas se tornan en un proyecto de vida, que da dirección y orienta las actividades que se realizan . La diferencia entre un grupo y el otro es que mientras que uno ve pasar el año y como transcurren las cosas, el otro grupo hace que las cosas sucedan y no es un mero espectador del transcurso del tiempo ¿Cuáles son algunas de las metas serias que todo creyente debería plantearse? Creo que las indispensables son: velar por una mejora laboral y tener, de este modo la capacidad de colaborar en la obra de Dios, establecer de manera clara e inequívoca que tipo de familia que se desea tener y luchar conscientemente por ello. Crecer culturalmente con lecturas intencionadas, escuchar buena música, y apagar el televisor. Espiritualmente, leer la Biblia completa durante el año, involucrase en actividades de servicio en su iglesia local. Interiormente desarrollar la adoración y la alabanza, practicar la oración y la reflexión, experimentar el gozo y la alegría del Señor. Si usted está en el segundo grupo, entre los que escriben sus metas para el año y no las logró, hay buenas noticias, Dios no nos avalúa según ello. Dios continúa siendo fiel y su gracia maravillosa sigue operando y derramándose abundantemente sobre nosotros. Hoy es el tiempo de comenzar otra vez. De retomar lo no cumplido, de explicitar lo pensado, de mirar a la meta, de ser transformado de gloria en gloria hasta que la imagen de Cristo se refleje en nosotros y su aroma inunde nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras iglesias locales y el mundo entero. Oremos junto con el salmista en el salmo 90 “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” Que sea un buen año 2013, Dios nos guíe y nos de las fuerzas para hacer siempre lo que el desea.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La flauta y el clavel


                                                     La flauta y el clavel                                  

                                                   

Es probable que fuera una tarde de primavera por los colores amarillentos y anaranjados que comenzaban a inundar el cielo poniente de la zona sur de Santiago, y es probable también que yo no tuviera más de diez u once años. Iba en quinto o sexto básico y no había mayor algarabía para algunos de nosotros que participar en el grupo folklórico de la escuela. El director del grupo musical era obviamente, el profesor de música, el señor Figueroa. Un hombre estricto de bigote grueso, de gran envergadura física que fumaba pipa y usaba una cotona blanca impecable y que venía del sur de Chile.
Al interior del grupo pasaban muchas cosas. Los que desde esa corta edad disfrutábamos de la música éramos felices entre flautas dulces, tambores, instrumentos de viento, guitarras y otros muchos instrumentos. De nuestras infantiles y púberes manos salían acordes de melodías clásicas de Clarita Solovera, Diego Barros Ortiz, las tonadas de Manuel Rodríguez, la Luna Tucumana, el Aire, los versos de Neruda dedicados a O´Higgins. El Negro José de Los Illapu era el hit del momento y el más interpretado y favorito de todos.
Ensayábamos mucho; canto, guitarras, flautas, un contrabajo, que tocaba la niña más alta del grupo. Algunos instrumentos de viento-metal de color refulente y muchísimo entusiasmo pre adolescente eran los ingredientes justos para pasarlo bien disfrutando de la música. Pero no he nombrado el ingrediente más importante ¡Había niñas! Flaquitas, gorditas, casi todas morenas, todas con calurosos jumpers y calcetas azules hasta bajo la rodilla. De cabello largo algunas, la mayoría con el pelo hasta el hombro y con cintillo. De entre todas las morenas destacaba una blanquita, con pecas, con un cintillo blanco y de sonrisa amable y divertida todo el tiempo. Los años, que borran muchos recuerdos, han borrado su nombre  prácticamente han hecho desaparecer sus facciones ¿Era flaca? ¿Era gorda? No lo recuerdo, ¿sus manos? Tampoco las recuerdo, pero sí recuerdo lo que hicieron una tarde, durante un ensayo, en la sala 13, la que daba a la calle y a la plaza.
La primavera había despertado ciertas inclinaciones románticas en nuestras precoces compañeras y nosotros, los hombres, “los pavos”, éramos el objeto de sus deseos románticos, seudo eróticos. Nosotros que solo pensábamos en la pichanga del recreo y los sándwiches de la colación, aunque claro está, también había de aquellos que les gustaba mirar un poco más arriba de la rodilla, pero en general solamente nos dejábamos querer sin comprender todo lo que pasaba por las mentes de estas seductoras adelantadas.
Al parecer, yo era uno de los escogidos, privilegiado de la pecosa  y con cintillo blanco en el pelo, pero en lugar de disfrutar de tal elección me sentía avergonzado e intentaba por todos los medios posibles “mantener distancia” con la pecosa. A pesar de eso, un buen día llevó al ensayo un clavel blanco, o no recuerdo si ella lo llevó o lo encontró tirado por ahí entre los bancos de la sala de clases, pero éste comenzó a transitar de mano en mano y de atril musical en atril musical hasta que llegó a las manos de la bonita pecosa. Ella en un gesto inolvidable me lo obsequió, pero yo, aprendiz fracasado y desconcertado de galán, lo rechacé. No recuerdo qué cara puso la pecosa, ni sé si las pecas se le oscurecieron de rubor o rabia, pero el momento romántico coincidió con la orden del director de comenzar a tocar. Entonces, en otro gesto imborrable, espontáneo e impensado, antes de ser descubierta con el clavel en la mano, la pecosa lo introdujo en mi flauta por la parte de abajo, en medio de las sonrisas de quienes observaban la escena y hacían esfuerzos por no soltar las carcajadas. Todos reían menos yo.
Al movimiento descendente de la mano del profesor, el conjunto comenzó a tocar. Las guitarras, el bombo, el pandero, las flautas y el coro comenzó con la letra de una canción que he olvidado. Sin embargo las risas de las primeras filas no paraban. El profesor miraba, tocaba su acordeón pero no entendía que pasaba y ya estaba perdiendo la paciencia. El motivo del jolgorio era que yo, en un esfuerzo por no ser descubierto con el clavel dentro de mi flauta, seguía tocando, aunque en realidad solo movía los dedos porque de la flauta dulce no salía ningún sonido. El clavel blanco obstruía la salida del aire, con todo, yo muy serio seguía “tocando” muy concentrado sin mirar hacia los lados. Alguien le sopló al profesor lo que pasaba y yo solamente movía los ojos. Estaba rígido y pálido, no hacía ningún movimiento, quería hacerme invisible. Con un gesto severo el profesor hizo silenciar la tonada que el conjunto interpretaba o intentaba interpretar. Los de las últimas filas no entendían lo que estaba pasando y por la cara que tenía el profesor se acabaron también las risas de las primeras filas.-Haber Juancito-me dijo el profesor, y yo quedé petrificado, como traspasado, sin respiración y con la garganta seca.-Toca tú sólo tu parte, toca tu flauta- Quedé unos segundos en silencio, segundos que me parecieron una eternidad, mientras como telón de fondo lejano se oían las risas de todos que me miraban atentos para saber que iba a hacer…tragué saliva y soplé al tiempo que digitaba unas notas mudas que por más que yo soplaba no salían de mi flauta ¡El conjunto explotó en carcajadas contenidas hacía mucho rato!, mientras yo, sintiendo la cara hervir, trataba de mantener la compostura e intentaba sonreír torpemente y seguía soplando, solo para recibir el aroma y sabor del clavel en mi boca. De pronto el rictus severo del profesor  cambió y una sonrisa divertida y pícara salió de debajo de su tupido bigote negro. A mí el corazón me latía a mil y sentía la cabeza como un tomate caliente. -Saca el clavel-me dijo el profesor riendo, y yo como pude introduje un lápiz nerviosamente y comencé a destrozar la flor, que tan azorada como yo se negaba a salir. Al final, prácticamente destrozado, húmedo y fragante, deshojado y triturado quedó en mi mano todavía temblorosa y sudada.-Pásamelo-dijo el profesor, riendo tan alto como los demás. Tomó el clavel todo destartalado, lo levantó, lo giró varias veces y haciendo callar las risotadas dijo -“por favor las enamoradas, contrólense, no ven que me distraen al muchacho aquí”-. A esa altura no tenía idea donde estaba la pecosa ni supe si estaba tan avergonzada como yo, si lo estaba se quedó callada y yo asumí el papelón.
El profesor dejó el clavel sobre un banco cerca suyo, colocó su gran mano en los botones del acordeón y alzando la mano derecha, a la cuenta de 1,2 y… el conjunto comenzó a tocar. Ya todo había pasado. Yo tenía la frente empapada de sudor que entre más lo secaba más me inundaba y llegaba hasta los ojos y tenía la camisa celeste mojada en la  espalda y eso que ya se había escondido el sol hacía rato.

lunes, 3 de diciembre de 2012

El arte de ser pareja


                                               Ps. Juan E. Barrera 
Ser pareja, en la opinión de los expertos es un arte, es decir, que es una mezcla de técnica y capacidades “innatas”, como lo es la pintura o la música. Esto pudiera parecer una exageración dada la gran cantidad de parejas que existen en comparación con el desarrollo artístico, siguiendo el mismo ejemplo, pero no lo es. Ser pareja es algo que se aprende, pero que necesita construirse a partir de algunos elementos básicos. Elementos emocionales desarrollados en la niñez, en la familia, en una red emocional sana. Existen muchas parejas, pero no todas se llevan bien ni son felices. Algunas sobreviven por años a la rutina y el tedio. Otras viven peleando y este llega a ser el único vínculo que los une. Si dejaran de pelear verían que no tienen nada. Otras parejas jamás debieron casarse. ¿Pueden cambiar las personas? ¿Se puede esperar un cambio del cónyuge? Sí, el cambio es posible, no obstante éste se produce bajo ciertas condiciones elementales para su realización. La primera es que la persona desee cambiar. No porque el cónyuge desee que cambie este lo va a hacer. Hay parejas que llevan años esperando que su cónyuge cambie, sin embargo esto no ocurre. El cambio es un proceso profundamente interior, un deseo íntimo de renunciar a ciertos hábitos, conductas, pensamientos, actitudes que son los que están dañando a la otra persona. La bibliografía y la propia experiencia clínica revelan que las condiciones para el cambio son:
1. Hacerse cargo de uno mismo. Escribí sobre esto en mi blog (Contra el mundo a favor del mundo) Esto quiere decir, en pocas palabras, que la persona debe asumir la responsabilidad por sus actos. No escudarse en un “es que yo soy así” ni culpar al otro, sino que en un acto de reflexión debe reconocer aquello que está dañando la relación y buscar el cambio.
2. Calmarse ante la situación conflictiva. Dejar de enredarse en los conflictos, “bajarse” de ellos y en lugar de gastar tiempo y energía en conflictos repetitivos o circulares, centrarse en la búsqueda de un cambio verdadero, perdurable, restaurador. Dejar de pelear y centrarse en el cambio.
3. Ordenar el “desorden”. Determinar cuáles son las conductas o actitudes que están dañando la relación. Priorizar en esta lista negativa. Focalizarse en los verdaderos conflictos y no en el ruido que ha inundado a la pareja. Dejar de buscar responsables y centrarse en la relación conflicto-emoción-interacción, pues este es el verdadero origen de los conflictos. El tipo de interacción que la pareja ha forjado, la música con la que bailan y las emociones involucradas.
4. Ser preciso.Centrarse en un problema a la vez. Partir con aquella conducta-emoción-interacción que más daño causa y que requiere urgente un cambio. Reflexionar (lo que ya es un desafío para muchos) cuándo y cómo se inició esa interacción negativa y los caminos hacia el cambio. Centrarse en ello hasta ver resultados.
5. Escribir la historia de los intentos de las soluciones pasadas, las que en lugar de producir el cambio lo han perpetuado. Los conflictos no se resuelven solos, el tiempo no arregla los problemas, al contrario, si estos no se solucionan el conflicto crece hasta el punto en que ya no hay marcha atrás, por cansancio, falta de compromiso, desinterés, etc. ¿Cuáles han sido las soluciones planteadas para cambiar? ¿Han resultado?
Hasta aquí algunas sugerencias en la búsqueda del cambio en la pareja. Recordemos las palabras del profeta Amós en el capítulo tres de su libro “¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?” y las palabras de Salomón en el Cantar número 2  “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas, porque nuestras viñas están en cierne”. Para ser pareja hay que caminar en la misma dirección, estar de acuerdo, caminar “enyugados”: El cambio es posible pero el yugo debe ser compartido. Las zorras pequeñas son aquellos conflictos, al parecer menos importantes y que si no se les toma en cuenta acabarán con el matrimonio. No cazarlas en el momento oportuno hará que el cambio se vuelva cada vez más difícil de realizar.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Hoy es tu cumpleaños


                                                            Hoy es tu cumpleaños 
Este 25 de Noviembre es tu cumpleaños, el tercero desde que ya no estás. Hoy cumplirías doce años, doce alegres y divertidos años. Muchas cosas han cambiado desde que te fuiste. Nuestra familia ha cambiado, yo he cambiado, tu madre ha cambiado, tu hermano ha cambiado y las circunstancias han cambiado. Muchas cosas no te gustarían y tal vez por eso te fuiste. Nada es lo mismo sin ti. Cuatro años es muy poco tiempo para olvidarte y dejar de llorarte y nueve años fueron muy pocos para amarte. Fuiste un ángel gordo que pasó por nuestras vidas, como un suspiro, como un aroma dulce pero breve. Recién había abierto mis ojos y ya no estás. Aunque en verdad no te has ido, no te puedes ir y nunca te irás. Todavía no recupero mi energía de antes y tal vez nunca la recupere. Lucho por rearmarme y seguir con el consejo de tu dedicatoria para mi cumpleaños “papito que seas feliz”. Muchas veces he dicho que tu partida apresurada me cambió. Quiero contarte algunas de las cosas en que tu partida me cambió.
Desde que tú no estás:
-no puedo andar en bicicleta
-no puedo ver a la Rupertina
-no puedo escuchar a “Los Rebeldes”
-no puedo escuchar a la Shakira
-no puedo pasar frente a los “Dos por uno”
-no puedo pasar frente a tu escuela
-no puedo no llorar al ver a tu amigo Marcelo
-no puedo comer pizza
-no puedo ver los Padrinos Mágicos
-no puedo ver el Gato Cósmico (te le pareces mucho con tu polerón verde con el cierre en el estómago y me recuerda tus carcajadas)
-no puedo hacer un asado sin recordarte con el rociador en la mano
-no puedo ir a Fantasilandia
-no puedo dejar de mirar a cada niño gordo que se te le parece
-no puedo ir a la casa de San Antonio
-no puedo jugar “al tiburón” ni a la “tormenta” en el agua
-no puedo pasar por la esquina aquella
-no puedo disfrutar de la navidad
-no puedo borrar tu foto del computador
-no puedo no extrañarte los sábados por la tarde
-no puedo no recordarte y entristecerme al ver a tu amiga Isidora
-no puedo ir a San Sebastián
- no puedo no entristecerme al ver niños jugando en la calle
-no puedo no llorar al ver tu puesto vacío en la mesa
-no puedo escuchar ni ver a la Dulce Roberta
-no puedo escuchar a Karen Paola
-no puedo ver ni deshacerme de tus juguetes
-no puedo cantar "Mueve el ombligo" de la Kristel
¿Seré el mismo después de tu partida?
Me preguntan -¿Cómo estás?- Yo digo -más o menos- y ellos me preguntan ¿por qué?
Te amo
El papá


lunes, 5 de noviembre de 2012


Se ha ido mi viejo. O el mundo en un dormitorio
Ps. Juan E. Barrera
Este fin de semana recién pasado se fue mi viejo, se llamaba Enrique, así a secas, un solo nombre, Enrique Barrera Sanhueza. Era un hombre pequeño de estatura pero de un gran aguante en el trabajo. Hizo muchas cosas en su vida. Fue repartidor de diarios, aprendiz de mecánico, chofer de micro, maestro, chofer repartidor de madera y todas estas actividades las realizó con mucho esfuerzo. Por sobre todo fue un hombre bueno, bebedor solitario, mezquino de amigos, quien no faltó un día al trabajo. Tomó el camino sin regreso el 27 de Octubre y lo hizo de forma inesperada. Su cuerpo debilitado no aguantó más ¡Qué sensación! Pena, resignación, dolor, vacío, nostalgia y muchas emociones más. A los 73 años murió mi papá y quedé huérfano. Me va a ser falta verlo sentado en el patio leyendo La Cuarta, con su sombrero café y el bastón sobre la mesa. Ya no reclamará más, ya no sufrirá más y no peleará más con la mamá. Hoy debe estar manejando su camión allá en el cielo, junto con sus nietos y algunos amigos. Debe andar repartiendo madera de morada en morada, con el volante frotándole la panza y tarareando algún viejo tango, con sus gafas negras chuecas y sus patillas a lo Elvis. La vida le tocó dura y no tuvo el tiempo suficiente para reflexionar y llorar. Él era alguien al que solo había que amar. Somos nosotros, su familia quienes lo lloramos y lo extrañamos. Partió el tata y se fue sonriendo, por primera vez en mucho tiempo. ¿Qué habrá visto al abrir los ojos en la eternidad que le hizo sonreír? ¡A Jesús el Hijo de Dios! ¡A sus nietos que le recibieron! Ya sin dolor, ni lágrimas, porque todo ha quedado a tras para él. La eternidad se le vino encima y se vistió de ella al terminar esa mañana de sábado. 
Una vez en casa, terminado todo el ajetreo de las exequias y de los abrazos y buenos deseos de los amigos, entré a su dormitorio y entrar allí fue descubrir otro mundo, su mundo. Me emocioné y sus imágenes vinieron automáticamente a mi mente. Su porte, su aroma, su bigote, el tono de su voz, su manera de toser, su postura. Allí estaba sobre el velador su vieja radio cassetera, uno de sus tesoros. El closet lleno de cachureos, el televisor, compañero en su soledad y algunas fotos, suyas, de nosotros, de mis hijos. Una Biblia deshojada abierta en el Salmo 121 y ropa tirada por todas partes. El mundo de mi viejo cabía en un dormitorio al que nadie podía entrar mucho tiempo. Se encerraba allí y nadie lo sacaba de manera alguna. Con la partida del papá se cierra para mí un ciclo importante. Ya nunca más seré el mismo, aunque hace ya algunos años que no lo soy. Con la partida de mi viejo se acabó el tiempo de la familia primera, la de los primeros recuerdos, la de la infancia, de la adolescencia, la de los conflictos y las alegrías, la de los almuerzos juntos, de las navidades y de unos pocos veraneos en Cartagena. Me vendrá a ver como él creía que hacían sus nietos ¿en una mariposa? ¿En una estrella fugaz? ¿En una brisa suave de atardecer veraniego y santiaguino? Tal vez sí, tal vez no, porque los que amamos y que se van, en realidad no se van, están aquí con nosotros, en nuestra mente y en nuestro corazón, en nuestras pupilas, en nuestras gargantas y salen y se dejan ver continuamente. Recordamos las palabras del escritor bíblico quien nos recuerda, por si lo olvidamos que “…¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece”, eso somos, una neblina tenue que se deshace al sol, el Sol de Justicia, que nos espera. Hasta el re encuentro mi viejo, con un abrazo, ese que nunca quisiste darme aquí en la tierra.