Un Dios que
llora y sufre
En la Biblia hay muchas referencias
antropomórficas referidas a Dios: las alas de Dios, el calor de Dios, la mano
de Dios, los ojos de Dios y otros, por
lo tanto no es profano o muy lejano pensar en un Dios que llora o que sufre. Una
imagen tremenda y conmovedora de Dios es el relato que Jesús hace del hijo pródigo,
donde el padre de la historia representa a Dios. Un Dios que amando y
respetando la libertad de su hijo menor lo deja partir del hogar y ahoga la
pena que su hijo le deseara la muerte y que quisiera hacer su propia vida,
lejos del hogar paterno y malgastando la fortuna fruto del trabajo de años de su
padre.
El padre, según el relato de Jesús no
impide la marcha del hijo. Se queda en casa esperando, llorando y sufriendo la
ausencia del hijo. Sin reproches, con tristeza ve como el tiempo pasa sin que
su hijo retorne, sin condena hacia su hijo ni de las decisiones que libremente
este tomó.
Lo espera, lo espera, lo espera no
sabemos cuánto tiempo. Mirando al camino cada mañana esperando verlo aparecer,
pero el hijo no regresa. Está encandilado con su libertad, disfruta la ausencia
del padre. El mismo que lo había engendrado, cuidado, protegido ahora le parece
un estorbo para cumplir sus propias metas, y el padre, con el corazón roto, lo ha
dejado partir.
¿Serían meses o años? El dinero por
fin se acabó, el placer de la libertad se extinguió, la novedad ha desaparecido,
el hijo está fuera de sí. Está sufriendo, está solo, su libertad ya no tiene el
mismo brillo. Entonces, en medio del sufrimiento, del hambre, del desprestigio,
del rechazo, desde el fango asqueroso de unos cerdos vuelve en sí y siente la falta
del padre. Ahora son dos quienes lloran, el padre que espera y el hijo que se
da cuenta de su miserable condición, resultado de sus elecciones.
Trastabillando, sucio, maloliente, a
tropezones, con el estómago vacío, y la cabeza llena de culpa, en harapos, en condición
de calle, indigno y sufriente comienza
caminar de vuelta al hogar. El sol israelita de mediodía lo golpea
fuerte al igual que sus recuerdos. Ha ensayado en su mente muchas veces lo que
le va a decir a su padre, pero de solo pensar llora y se pasa una mano por la
barba inmunda. No sabe si es efecto del sol, pero le parece que está llegando
al hogar, reconoce el paisaje, los aromas, está llegando al hogar paterno, y no
puede creer lo que ve, ahí, a la puerta de la casa, como cada mañana o cada
atardecer está su padre, sentado mirando el horizonte lo ve aparecer y se estremece
al verlo, pues abandonando su dignidad patriarcal se hecha a correr, sin pudor,
sin temor y avanza por el sendero abriendo los brazos de par en par, y gritando
¡Mi hijo! ¡Mi hijo! Y con los ojos bañados en lágrimas se arroja a sus brazos y
lo abraza con fuerza. La aventura de la libertad ha terminado, el hijo encuentra
el fin de su sufrimiento en los brazos de su padre. En ese abrazo profundo el
sufrimiento del hijo desaparece y entre las caricias de su padre el hijo
restaura su posición, su dignidad, su alegría. Dios es un Dios que llora y que
sufre con sus hijos.
Mis amigos, comparto una bella historia bíblica para estos días de semana santa
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