Juan E. Barrera
Hay niños a los que los aviones les producen una admiración
especial. Los dibujan, los coleccionan en miniaturas, sueñan con pilotar uno
algún día. Yo era uno de esos niños, garabateando algunos aviones en los
cuadernos y pegando algunos posters en mi pieza. Con un amigo, un vecino de la
misma edad, 10-11 años nos íbamos muy lejos de nuestra casa al recinto donde
comenzaba la Fuerza Área y el lugar donde los aviones comenzaban su descenso
para aterrizar. En esos años, solo una reja de alambre separaba los escasos
metros de daban inicio a la pista de aterrizaje que podíamos observar a simple
vista. El lugar era un sitio eriazo, en un lugar un tanto peligroso para dos
niños de10 años. Había canchas de futbol y un bus destartalado, abandonado en
medio de esos terrenos, de un color verde oscuro, sin ventanas y sin asientos.
Mucha tierra y piedras, y muy lejos de nuestras casas, pero no éramos
conscientes de ese peligro y nuestras ganas de ver los aviones eran más grandes
que la sensación de peligro. Con mi amigo, luego de una larga caminata, con
viento y polvo, llegábamos al lugar, siempre solitario. Nos sentábamos en el
suelo, en pleno verano, con una polera desteñida, unos pantalones rotos y unas
zapatillas siempre gastadas, un poco sucios pero llenos de alegría y
expectativas por ver los aviones. Muchas veces pasábamos un buen tiempo y los
aviones no aparecían. Entonces nos aburríamos y conversábamos, ya no sé de qué
cosas, pero nos quedábamos horas esperando que uno de los pájaros mecánicos apareciera.
Si eso no ocurría volvíamos desilusionados y atravesábamos de poniente a
oriente el gran terreno con canchas de fútbol hasta que aparecía a nuestros
ojos la Gran Avenida, con su tráfico y su bullicio. Saltábamos una gran acequia
y salíamos a la calle. Caminábamos charlando de la mala fortuna de no haber
visto ningún avión ese día. Caminábamos del paradero 31 al paradero 28 donde
vivíamos.
Pero si el día era propicio o la hora era apropiada,
nuestros ojos y corazones de niños se llenaban con una sensación casi de
éxtasis. Nos sentábamos en el suelo y observábamos largo rato hasta que veíamos
a lo lejos un avión, como un pequeño insecto, que comenzaba a girar en
dirección a la pista de aterrizaje, en línea recta y nuestro corazón se
aceleraba. ¡Saltábamos y movíamos los brazos celebrando! Al comienzo se veían
pequeños, pero a medida que se acercaban se agrandaban más y más hasta que
pasaban sobre nuestras cabezas a escasos metros de altura. Entonces la
algarabía era total. Escuchábamos el ruido de los motores, nos quedábamos
paralizados, distinguíamos al piloto y si teníamos suerte hasta un saludo nos
hacían con la mano. En mi memoria tengo aviones de variados tamaños, algunos de
color plomizo con la nariz roja, aviones livianos que conocíamos bien porque en
la primavera comenzaban a pasar sobre nuestras casas por las mañanas y por las
noches. Verlos de cerca no se comparaba con nada. Otros aviones eran gigantescos,
de color azul, macizos, que hacían un ruido enorme, del que huíamos una vez que
lo teníamos casi encima nuestro, o nos tirábamos al suelo riendo nerviosos a
carcajadas y exclamando frases de asombro. Se nos pasaba el susto y nuevamente,
con paciencia, nos sentábamos en el suelo hasta ver a parecer otro avión en la
distancia e intentado adivinar si era un avión pequeño o grande y repetíamos la
misma fiesta, una y otra vez. Nadie nos molestaba ni incomodaba, así pasaba la tarde,
entre aviones y exclamaciones de asombro. No había apuro, no había cosas que
hacer, solo las ganas tremendas de ver los aviones y quizás de pasar un poco de
susto, casi como en un parque de entretenciones, de niños pobres que soñaban
con volar un día.
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